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Unión General de Trabajadores El futuro, la sociedad, el sindicato

Jornadas de debate 1998

Introducción

La Fundación Francisco Largo Caballero recibió, en el mes de octubre de 1997, el encargo de la Comisión Ejecutiva Confederal de la UGT de organizar siete jornadas de debate previas al 37° Congreso Confederal (Madrid, 11 a 14 de marzo 1998) con el fin de ofrecer un espacio de discusión en preparación al congreso respecto a problemas fundamentales de política sindical. Una de estas jornadas (Madrid, 20 a 21 de enero 1998) era dedicada al tema : "La Construcción Europea y el Contexto de la Globalización: Respuestas sindicales". Dan Gallin había sido invitado a intervenir en el debate y a continuación se encuentra su intervención. 

Intervención de Dan Gallin, Presidente, Global Labour Institute

“Globalización : Problemas que plantea e instrumentos sindicales”.

Gracias: es una gran alegría estar otra vez con vosotros. Disculpad, como    siempre, mi español tan malo, espero que me podáis entender: el último orador siempre tiene la tarea más fácil, y al mismo tiempo, la más difícil, en la medida en que casi todo ya está dicho.

Resumimos, entonces, lo que es la globalización neoliberal, destacamos que hay tres factores que son internacionales y están interconectados. En primer lugar, el crecimiento enorme del poder de las empresas transnacionales a todos los niveles, incluso a nivel político e ideológico, en consecuencia, el cambio en el papel de los estados nacionales. Por un lado, su decadencia como garante y custodio del interés público y, por otro, su fortalecimiento en las funciones de auxilio para el capital transnacional y, al final, la emergencia de un mercado de trabajo global, todavía con poca organización y poca capacidad de resistencia.

Las empresas transnacionales, según una comisión de Naciones Unidas, han llegado a ser una característica estructural central de la economía mundial y el mismo informe hace resaltar la desaparición progresiva de la distinción entre las funciones de la empresa y del Estado. Se dice que las empresas transnacionales se introducen en campos donde la soberanía y la responsabilidad han sido tradicionalmente reservadas al Estado.

Después de la caída del bloque soviético hace 6 ó 7 años, debido entre otras causas a la incapacidad del sistema de colectivismo burocrático a adaptarse a nuevas tecnologías y sus consecuencias sociales y políticas, el poder de las empresas transnacionales ha llegado a ser realmente global por la colonización económica y política de los países del ex- bloque y de los estado de sucesión de la URSS..

Otro factor ya mencionado es la movilidad del capital financiero: cada día un billón quinientos mil millones de dólares transitan por el mundo a través del correo electrónico.

La pérdida de autonomía de los estados nacionales, junto con este tremendo incremento del poder de las empresas transnacionales, explica por qué todos los gobiernos, sea cual sea su origen político, sometidos a los mismos chantajes permanentes de la inversión y la desinversión, acaban haciendo más o menos la misma política y que las presiones democráticas que un pueblo puede ejercer a nivel nacional resulta cada vez menos operante. Ningún gobierno, por muy de izquierda que sea, tiene el margen de maniobra para llevar a cabo la política que corresponde realmente a los intereses de sus bases o a sus intenciones de origen; en cambio, todos se ponen al servicio de las empresas transnacionales.

Los jefes de estado se han convertido en viajantes de comercio para los transnacionales de sus países y todos están acompañados, en sus viajes oficiales, por una jauría de empresarios; la guerra de la banana y otras guerras comerciales son guerras de empresas transnacionales, no hay banana latinoamericana, no hay banana del Caribe, hay banana de United Brands, banana de Fyffe, etc.

Los fondos públicos sirven para garantizar inversiones y exportaciones de las empresas transnacionales o proteger a empresas nacionales, incluso de las consecuencias de sus propios errores e irresponsabilidades, como ocurre ahora en Asia.

Todo esto no lo digo para negar la utilidad de la batalla política a nivel nacional; tampoco voy a decir que no sirve de nada librar una batalla política municipal o provincial, porque estas entidades tienen una autoridad limitada; sólo quiero decir que no podemos esperar salvación del Estado, ni siquiera cuando nuestros aliados históricos y tradicionales son el gobierno, menos que nunca, en las condiciones de la globalización, ser el gobierno significa ser el poder.

¿Cómo reaccionar si la defensa del Estado o la conquista del Estado, en los términos tradicionales de nuestro movimiento, es una batalla ya perdida porque los centros de poder y de decisión se han trasladado al nivel internacional? ¿Qué pasa con las instituciones internacionales? Pasa lo mismo, las principales organizaciones internacionales ya son dominadas por “lobbies” transnacionales, como las Mesa Redonda Europea de Empresarios para la Unión Europea, o el Diálogo Transatlántico de Negocios (Transatlantic Business Dialog) para la Organización Mundial del Comercio y ocurre lo mismo en el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, y estos “lobbies” también inciden sobre la política de los principales estados que domina estas instituciones; es decir, tenemos un gobierno mundial virtual, que por supuesto, no responde a ningún control democrático y a ninguna posibilidad de incidencia democrática.

Por supuesto que es posible imaginar otra forma de globalización, no necesariamente neoliberal; se puede también imaginar una globalización democrática, correspondiente a los intereses populares. Esto significaría introducir reglas de juego internacionales para la competición entre estado y empresas transnacionales que ponen en marcha una dinámica económica y social favorable a los intereses populares un control social sobre los mercados financieros y, por otra parte, asegurando la redistribución de una parte sustancial de las ganancias de la globalización hacia los que más han sido golpeados por sus consecuencias.

Estos objetivos son factibles a través de acuerdos internacionales y medidas bastante sencillas, como puede ser una cláusula social en los acuerdos comerciales, una carta social internacional, junto con este impuesto sobre transacciones financieras internacionales del cual ha hablado John Evans.

Todo eso es perfectamente factible siempre que haya voluntad política. Nuestro problema es que no estamos en un concurso para ver quién va a descubrir las mejores ideas para solucionar los problemas del mundo. Las mejores idea, de todas formas, siempre las hemos tenido nosotros; estamos en una lucha global por el poder, lo que es una cosa muy distinta. Esto nos plantea la cuestión de la organización, puesto que para nosotros no hay otra fuente de poder más que la organización.

Por eso creo que poco sirve preparar el detalle de anteproyectos de un nuevo orden mundial, si no ponemos medidas necesarias para vencer en une lucha global por el poder, donde los intereses de los ahora poderosos son defendidos por todos los medios, incluso con la más extrema brutalidad y donde el valor de las ideas no es juzgado sobre criterios de moralidad, sino según la capacidad de sus protagonistas para imponerlos.

La demostración más evidente de la realidad que vivimos es lo que pasa en el mercado de trabajo global, la principal consecuencia social de la globalización. En este mercado global del trabajo, por la fluidez de las comunicaciones y la movilidad del capital, todos los trabajadores del mundo quedan en una situación competitiva en el sector de la producción, que es el de los servicios y con diferencias de salarios que pueden ir de 1 a 50 o aún más.

Esta competición hace, junto con la competición entre estado, que bajen los costos sociales, fiscalidad favorable a empresas transnacionales, otras ventajas regaladas a los inversionistas extranjeros, infraestructuras, etc.; todo esto ha puesto en marcha una espiral descendente implacable, con un deterioro de los salarios y de las condiciones sociales, la precarización del trabajo, la expansión del paro y el sector informal, y además, eso no es una competencia sólo entre ricos y pobres, no hay muchos países tan pobres que no haya otro aún más pobre que empuja la competición hacia la baja, es decir, no hay una llegada a esta competición, no hay un fondo, sino el trabajo del esclavo, la esclavitud.

Pero este mercado global de trabajo no es un mercado en el sentido normal de la palabra, no está regido por leyes económicas sino por leyes políticas.

La escala inferior, donde los trabajadores están más explotados y en condiciones próximas de la esclavitud, está regulada por la intervención masiva del Estado, en forma de represión militar y policial. En una gran parte del mundo, las fuerzas armadas y la policía nacional se han convertido en guardias de seguridad del capital transnacional.

Manuel Bonmati, en su introducción, ha tocado el problema de por qué los países pobres han llegado a ser pobres y el papel económico de la represión; conocemos el ejemplo de China, que es el más visible, el más grande, y otro país de mano de obra barata, el último de los tristes tigres del sudeste de Asia, el Vietnam, otra dictadura policial, donde al igual que en China, estallan huelgas ilegales cada vez más frecuentes, pero con un régimen cerrado que no deja ningún espacio a la organización autónoma de los trabajadores.

Rusia (tres años de revolución, 70 años de contrarrevolución) ha arrasado todo lo que se movía en la sociedad civil, una clase obrera recuperando en estos últimos años su identidad, a través de dificultades inmensas en una sociedad destrozada y desarticulada. Brasil, atrasado por diez años  de dictadura militar, donde la oposición es prisión o muerte y los sindicatos están controlados.  América central y sus guerrillas, con décadas de guerras civiles, con 40.000 muertos sólo en El Salvador. Indonesia, 30 años de una dictadura militar llegada al poder en el 65, a través de una matanza terrible, con 500.000 muertos, según la estimación, la más baja - nadie lo sabe exactamente -, el movimiento obrero arrasado y sustituido por una especie de frente del trabajo estatal, que sólo ahora es confrontado con nuevos movimientos sindicales independientes, todavía débiles, ilegales y reprimidos.

¿Qué significa competir cuando las condiciones, los términos de la competencia, están determinados en última instancia por la represión? Para resumir, estamos en una guerra civil global a cámara lenta y la globalización neoliberal constituye una amenaza permanente para la democracia a tres distintos niveles: primero, porque significa un traslado del poder del estado nacional donde los trabajadores y el pueblo, en su conjunto, logran a veces y en el mejor de los casos, ejercer una influencia política hacia empresas transnacionales, instituciones financieras y burocracias internacionales, que no son responsables de nadie y no están controladas por nadie. En segundo lugar, porque aumenta las desigualdades y la pobreza, exasperando las tensiones sociales, cerrando al mismo tiempo, las salidas democráticas de progreso. En tercer lugar, se aprovecha de las consecuencias de las dictaduras pasadas y se apoya en dictaduras presentes para acortar los derechos populares y democráticos, que pueden molestar a las empresas transnacionales.

Es un sistema que, en última estancia, descansa en una violencia permanente. No es necesario extrapolar mucho o hacer política-ficción para ver adónde vamos; esto nos lleva a una sociedad de pesadilla, en la cual algunas islas de prosperidad altamente tecnificadas sobreviven con protección militar y policial.

A la larga, no habrá democracias o cada vez habrá menos, sino estados guarnición, sin duda con un paro elevado y subsidiado y estarán rodeadas de un mar de miseria humana, con millones de hombres y mujeres en rebelión permanente y cada vez más reprimidos.

En el último siglo Marx dijo que la sociedad humana podría elegir entre socialismo y barbarie; no hemos logrado el socialismo, por lo tanto, debemos hacer frente a la barbarie.

¿Qué hacer? En primer lugar, la prioridad absoluta en nuestra lucha política tiene que ser la defensa de la democracia, de los derechos humanos y democráticos, entre los cuales los derechos sindicales forman parte en esta lucha, incluso tenemos y debemos encontrar aliados, mucho más allá del movimiento obrero.

A esta altura debemos hacer un poco de introspección, para examinar la herramienta de la cual disponemos, es decir, nuestro movimiento sindical, puesto que son los primeros problemas que debemos resolver y que no son necesariamente los más fáciles, donde la solución sólo depende de nuestra propia voluntad. Volvemos entonces al problema de la organización.

Por primera vez en la historia existen las condiciones materiales y técnicas para hacer funcionar, de modo eficaz, una internacional obrera de verdad. Cuando se necesitaban varias semanas para viajar de Europa a Japón o China, y el correo necesita el mismo tiempo, cuando el precio de las comunicaciones telegráficas o telefónicas era exorbitante, ha sido difícil hacer una internacional más que simbólica, y de hecho, las primeras dos internacionales obreras estuvieron en la práctica europea, es decir, funcionando en un espacio muy limitado, densamente poblado, con contactos fáciles y permanentes.

Hoy, con un transporte aéreo relativamente barato, y los medios del fax y del correo electrónico, es decir, las mismas medidas que han contribuido tanto a globalizar el capital, tenemos también nosotros las medidas para globalizar el movimiento sindical, pero las mentalidades no han evolucionado, se han quedado atrás con respecto a esta evolución. El movimiento sindical internacional tiene una red bastante floja de organizaciones nacionales que piensan y reaccionan según reflejos nacionales.

Durante la crisis muchos se repliegan sobre sí mismos, que es exactamente lo opuesto de lo que se debe hacer, en un momento donde la situación exige lo contrario, un fortalecimiento de los lazos internacionales.

Es un reflejo natural, pero equivocado, es exactamente como frenar un coche cuando hay hielo en la calle, es un reflejo natural, pero incorrecto, hasta una idea tan sencilla como crear sindicatos internacionales transfronterizos parece utópica, cuando en realidad es ya un atraso con respecto a las empresas transnacionales.

La unificación política del sindicalismo internacional está prácticamente hecha, por la desaparición de la FSM como factor operante, y el poco peso y el autoaislamiento de la CMT.

Pero lo que queda es la tarea más importante: convertir el sindicalismo internacional en un movimiento de combate eficaz, y eso supone adecuar nuestras estructuras a la nueva realidad global.

Tenemos demasiadas organizaciones a todos los niveles, incluso internacional, con sus costumbres y culturas de organización muchas veces burocratizadas hasta la paralización. La internacionalización del movimiento a través de una participación más fuerte de los afiliados implica, al mismo tiempo, la democratización y la politización del movimiento, es decir, hay que centralizar al máximo los recursos y los medios y, a la vez, descentralizar y democratizar al máximo la elaboración de la política y del poder de decisión, reducir la distancia de los afiliados en las estructuras, porque debemos admitir que todavía somos muy poco internacionales en lo que concierne a este nivel, estamos muy en la superficie de las organizaciones; lo que falta es la participación de los trabajadores en la elaboración de las políticas internacionales de sus organizaciones nacionales y de las mismas organizaciones internacionales.

Ahora, los afiliados y hasta los cuadros medios de muchas federaciones y centrales nacionales, ni siquiera saben existimos. El mes pasado me encontré en Tours (Francia) con los compañeros de la CFDT y me contaron que se habían cerrado tres filiales de empresas transnacionales y a los trabajadores no se les había rendido cuenta. Se enteraron de que estas tres filiales formaban parte de empresas transnacionales solo en el momento del cierre, es decir, demasiado tarde.

Podemos, para este proceso, apoyarnos en las estructuras existentes. Por ejemplo, en las federaciones internacionales sectoriales, los secretariados profesionales internacionales, que encuentran los mismos problemas dentro, pero que están obligados a enfrentarse cada día a las realidades de la globalización a través de las empresas transnacionales, donde hacen la coordinación y que necesitan más apoyo y fortalecimiento, porque es la herramienta con la cual los trabajadores van a preparar las relaciones sociales globales de mañana.

Podemos aprovecharnos también del cuadro de los comités de empresa europeos, utilizando al máximo las posibilidades que abre la legislación europea y sin preocuparnos demasiado de los límites que pretende imponer, es decir, sindicalizar e internacionalizar los consejos de empresas europeos, fortalecer la infraestructura y la presencia sindical, lo que no es evidente en algunos casos, puesto que la directiva de la Unión Europea no menciona los sindicatos, lo que significa que algunos comités de empresa se han convertido en herramientas de la empresa en vez de ser herramientas de los trabajadores y de los sindicatos; hacer participar organizaciones sindicales de otras partes del mundo, cuando representan a trabajadores de la misma empresa transnacional, la directiva no dice nada sobre eso, por lo tanto, no hay ningún obstáculo, sino la voluntad de las empresas, pero eso es algo que se puede negociar y que se ha negociado en algunos casos y, por qué no, convocar un congreso general de los comités europeos de empresa existentes, reunirlos a todos (intersectorial) para comparar sus experiencias y tomar acuerdos para políticas conjuntas para el futuro, también con la participación de sindicatos de otras partes del mundo, que tratan con las mismas empresas.

Pasamos a considerar la dimensión política de nuestra acción y la búsqueda de aliados, con el objetivo de reconstituir un movimiento popular capaz de luchar por la democracia radical a escala global.

Todos conocemos nuestros problemas con los partidos políticos, partidos populares, laboristas, socialistas, socialdemócratas, tradicionalmente ligados al movimiento sindical. Por muy internacionalistas que sean en sus tradiciones y a veces todavía en sus aspiraciones, llegan al gobierno en una situación donde los estados nacionales ya no son dueños de sus políticas y responden a presiones exteriores mucho más fuertes que las que pueda ejercer el consenso democrático interno en un país, es decir, que menos que nunca podemos descargarnos de nuestras responsabilidades políticas que radican en la defensa de los intereses de nuestros afiliados en un partido guía, sea cual sea, y mientras, al lado de eso, hay una sociedad civil que se mueve en toda su complejidad multiforme, con organizaciones que muchas veces entienden los nuevos problemas que trae la globalización  mejor que las organizaciones sindicales, y que tienen una gran capacidad de movilización de la opinión pública y con objetivos que, muchas veces, coinciden con los nuestros: organizaciones de defensa del medio ambiente de defensa de los derechos de la mujer, de defensa de los derechos humanos y democráticos, organizaciones de educación popular, movimiento de poblaciones indígenas, del sector informal y muchas más.

Con todo esto y con la parte útil que queda de los partidos políticos que comparten y defienden nuestro proyecto podemos y debemos construir un movimiento popular y democrático global, sin olvidar, por supuesto, nuestros propios movimientos auxiliares, nuestras propias ONG’s que representan herramientas valiosas que se pueden utilizar mejor y hay que crear otras, para ocupar el terreno y par multiplicar los puntos de contacto y las ocasiones para crear alianzas laterales.