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Globalización y la política del sindicalismo

Dan Gallin

Nueva traducción por Iniciativa Socialista (Madrid) (www.inisoc.org) del documento previamente publicado baja el título: "A la hora de la mundialización,¿qué movimiento sindical?".  

La globalización: lo que es

El conjunto de fenómenos que abarca el concepto de mundialización (o globalización) ha cambiado nuestro paisaje económico, social y político tan rápidamente que tenemos dificultades para integrar estos cambios en nuestro pensamiento. Esto lleva -tanto en la derecha como en la izquierda- a rechazar que está sucediendo algo importante. Se argumenta, por ejemplo, que el capital siempre ha sido internacional y que la economía mundial existe desde hace más de un siglo -como Marx y Engels muestran en unas páginas de sorprendente actualidad del Manifiesto comunista.  

Se dice también que amplios sectores de la economía no son afectados directamente por la mundialización, que la mayor parte del comercio tiene lugar dentro de bloques regionales, como la Unión Europea, y que la apertura de los mercados no es mayor hoy que antes de 1914.

Es verdad que el capitalismo siempre fue internacional y que, en ciertas épocas, esta economía internacional fue más abierta que hoy, pero una economía internacional sigue siendo un conjunto de economías nacionales unidas entre ellas por redes comerciales, de inversión y de crédito. Lo que hoy se está formando es otra cosa: una economía globalmente integrada.

La evolución tecnológica juega un papel determinante en la formación de esta economía global, especialmente en el campo electrónico, de las comunicaciones y del transporte. Algunas de sus consecuencias son la baja vertiginosa de los precios de las telecomunicaciones, y su velocidad y su naturaleza también han cambiado por la generalización del fax y del correo electrónico. Tres minutos de conversación telefónica entre Londres y Nueva York costaban 31 dólares en 1970, 3 dólares en 1990 y 1,08 dólares en febrero del año 2000.

La informatización ha provocado cambios comparables en la industria: entre 1982 y 1992 el número de robots se ha multiplicado por diez. En treinta años, entre 1960 y 1990, los costes del transporte aéreo han bajado un 60%. En  términos de valor, casi la cuarta parte de los productos de exportación son transportados por vía aérea. Hoy, 1250 millones de personas y 22 millones de toneladas de flete viajan por avión. El sector de servicios también es afectado. Las líneas aéreas y las compañías de seguros principalmente, subcontratan su contabilidad y otros trabajos informáticos en países con bajos salarios. Hay que añadir que más de 1800 millones de dólares son transferidos cada día a través del mundo por correo electrónico, fuera del control de gobiernos o estados.

Cuando se minimiza la importancia de la globalización so pretexto de que todavía no afecta al conjunto de la economía mundial, eso se parece a una discusión sobre si un vaso está medio vacío o medio lleno. Lo que importa es, por un lado, la tendencia y, por otro, el peso específico de los sectores mundializados en las relaciones de poder entre Estados y dentro de los Estados.

Para algunos reconocer el hecho de la globalización representa una capitulación ideológica, pero no se pueden confundir las situaciones de hecho y las conclusiones políticas que se pueden sacar de ellas. No se trata de preguntarse si se está “a favor o en contra”, sino de saber cómo posicionarse en esta realidad. Como proceso de transformación de la vida económica por la introducción de nuevas tecnologías, la mundialización de la vida económica es un hecho irreversible. Otra cosa es cuáles son las consecuencias sociales y políticas resultantes de ello. En este aspecto, no hay nada que sea inevitable o irreversible, y de lo que se trata es de saber cómo se organizan las relaciones de fuerza entre los intereses representados en esta nueva sociedad global. Es decir, estamos ante un proceso político que depende de la voluntad y la capacidad de los actores sociales.

¿Cuáles son los efectos de la mundialización sobre estas relaciones de fuerza? Tres aspectos nos conciernen particularmente: el auge de las empresas transnacionales, el cambio de la política de los Estados frente a los apremios de la mundialización y la creación de un mercado de trabajo mundial.

El auge de las transnacionales

Las empresas transnacionales (ETN) son la punta de lanza y, al mismo tiempo, los principales beneficiarios de las transformaciones tecnológicas de esta última década. Cerca de 60.000 ETN y 500.000 filiales controlan el 75% del comercio mundial en materias primas, manufacturas y servicios, aún más sin duda si se toma en cuenta a sus subcontratistas. Una tercera parte de estos intercambios comerciales han tenido lugar dentro de una misma ETN, entre sus diferentes unidades, escapando, en gran medida, a los controles de los gobiernos y de las instancias supranacionales.

Según la CNUCED (Comisión de las Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo), "la producción internacional se ha convertido en una característica estructural central de la economía mundial”

El mismo informe indica que “la división tradicional entre integración en el ámbito de la empresa o en el de la nación tiende a desaparecer. Las ETN usurpan los dominios donde la soberanía y las responsabilidades estaban tradicionalmente reservadas a los estados nacionales."

Después de la caída del bloque soviético, una de cuyas causas fue la incapacidad del sistema colectivista burocrático de adaptarse a las nuevas tecnologías y a sus consecuencias sociales y políticas, el poder de las ETN ha llegado a ser verdaderamente mundial por la colonización económica y política de dicho bloque.

Estos “nuevos países capitalistas”, más una gran parte de los países calificados como "en desarrollo" y los futuros países ex-comunistas como China, que no hacían parte del mundo capitalista, han agregado mil millones de trabajadores al mercado mundial de trabajo, controlado por el capital transnacional.

La destrucción de los empleos concomitante al auge de las ETN, más que a la relocalización, se debe a las reestructuraciones de las empresas bajo la presión de la carrera por la rentabilidad, es decir, por la obtención de la ganancia máxima, en el marco de la mundialización. Las ETN se refuerzan "adelgazando", y cada vez que una de ellas anuncia nuevos despidos y su cotización sube en la bolsa. Los contestatarios son pocos. El neoliberalismo ha conseguido que se admita el “adelgazamiento” y la carrera por la ganancia come una ley de la naturaleza.

En resumen, estamos en una situación donde el poder y la influencia ideológica de las ETN han crecido enormemente en menos de dos décadas y donde la movilidad del capital es prácticamente incontrolada.

El Estado al servicio del capital

Una consecuencia política, con repercusiones sociales muy importantes, ha sido el cambio del papel del Estado: por una parte, su poder y su autoridad van deteriorándose, evidentemente no de la manera que esperaban los socialistas a comienzos del siglo XX, es decir, en favor de una sociedad civil democrática, sino en beneficio del capital transnacional y, por otra parte, en la medida que sirve los intereses de éste, el Estado sigue reforzándose.

El poder del Estado nacional se ha debilitado en varios aspectos: en primer lugar, como agente económico y, en consecuencia, en su papel de empleador, de regulador de la economía y como mecanismo de redistribución del producto social por medio de la fiscalidad.

El número mundial de privatizaciones se multiplicó por cinco entre 1985 y 1990, y sigue creciendo a medida que se abren a las inversiones transnacionales economías anteriormente protegidas, como la de la India, o las economías colectivistas burocráticas que evolucionan hacia una forma de estalinismo de mercado, como las de China, Vietnam o de Cuba, y por supuesto los países del antiguo bloque soviético. Pero también en los países industrializados de la OCDE se están privatizando las partes más rentables del sector público.

Las privatizaciones no sólo amplían el campo de actividad y refuerzan el poder de las ETN, sino que también quitan al Estado una parte de sus medios de acción sobre la economía y reducen su capacidad de influir la política económica y, en tanto que empleador, la política social.

Los recientes acuerdos comerciales internacionales, como los que tienen lugar en el marco de la Organización Mundial del Comercio (OMC) o el Acuerdo Multilateral sobre Inversiones (AMI) y sus clónicos, penalizan a los gobiernos que tratan de ejercer un control sobre las ETN. Les obligan a renunciar a medidas legislativas o políticas que limiten la libertad de acción de las ETN, en particular en el campo de las inversiones (compra, venta y cierre de empresas, etc.). Estos acuerdos, por tanto, debilitan el control democrático sobre las políticas sociales y económicas, y transfieren a ETN que solo responden ante sus accionistas una autoridad que pertenecía a gobiernos responsables ante de sus electores.

El Estado, por tanto, tiene grandes dificultades para controlar los flujos internacionales de capital (o, cuando el capital se declara en huelga contra el estado, la fuga de capitales), lo que reduce su capacidad de imponer impuestos sobre el capital y disminuye, en ciertos casos de manera drástica, los ingresos fiscales que financian los servicios públicos y la política social. Así, el Estado no alcanza a financiar el consenso social, que depende de su capacidad de proteger a los más débiles mediante la redistribución del producto social.

La consecuencia más grave de la incapacidad del Estado para controlar el capital dentro sus fronteras con medidas legislativas u otras medidas políticas no es sólo el debilitamiento del mismo Estado, sino el debilitamiento de todas las estructuras que actúan en el marco del Estado nacional: los parlamentos nacionales, los partidos políticos, las centrales sindicales, en otros términos, todos los instrumentos de un control democrático potencial o real.

Resulta que los partidos políticos, cualquiera que sea su origen histórico, su base social, su programa político, sus intenciones o sus promesas electorales, tienen cada vez mas dificultades para presentar opciones claras y, aún más, para llevarlas a cabo una vez en el gobierno. Así, todos los gobiernos, sean de derecha o de izquierda, terminan siguiendo una política de business-friendly, dando prioridad a los intereses patronales a costa del interés general de la sociedad. Los ciudadanos, indiferentes o cínicos, vuelven la espalda a las instituciones que no resuelven sus problemas. Asistimos a una crisis de la democracia debida a la incapacidad de sus instituciones representativas de controlar la realidad económica dentro del marco del Estado nacional.

De esto no se deduce, bajo pretexto de la limitación de sus poderes, que no tenga sentido la lucha política dentro del Estado nacional o en el ámbito de instituciones locales o regionales. Sin embargo queda claro que el Estado no va a salvar el movimiento obrero, incluso cuando sus aliados tradicionales estén en el gobierno. En todo caso esa es la experiencia de los sindicatos, en grados variables, en España, Italia, Estados Unidos, Suecia, Francia, o en el Reino Unido con el “New Labor”, o en Alemania, con la socialdemocracia "light" de Gerhard Schröder.

¿Es necesario “defender el Estado” en su calidad de garante del interés público? Esta batalla ya está perdida. El Estado podía ser el garante del interés público sólo en la medida que el equilibrio de las fuerzas sociales, conseguido por las luchas obreras en el marco de cada país y por el miedo patronal a cuestionamientos revolucionarios, le imponía una fórmula de compromiso, de pacto social. La mundialización ha roto este equilibrio, emancipando al capital de las reglas políticas que los sindicatos y la izquierda política podían imponerle dentro del Estado nacional. En esta nueva situación, la patronal no está ya interesada en un compromiso social, ni está dispuesta a cofinanciar el Estado social.

La pérdida de autonomía del Estado frente a las ETN lo transforma en ejecutor de la política de éstas. La colaboración del Estado es solicitada constantemente por el capital transnacional: las “guerras” del plátano, por los derechos de aterrizaje de las líneas aéreas o por las cuotas de mercado en la industria aerospacial, en el petróleo o en la industria del armamento, son luchas que libran las ETN a través de los Estados. Los subsidios agrícolas, los subsidios a las empresas (a veces, verdaderas extorsiones arrancadas por medio del chantaje de la relocalización), las garantías a la exportación, las infraestructuras construidas con los recursos públicos para atraer la inversión extranjera, las franquicias fiscales o aduaneras, representan intervenciones estatales que no tienen nada que ver con la defensa del interés público.

Las embajadas son, cada vez más, lugares de representación comercial, y ningún jefe de Estado, incluso las familias reales, viaja al extranjero sin acompañarse de una jauría de empresarios. La política de Estados Unidos en China la dicta el lobby del capital transnacional estadounidense, y no el Departamento de estado ni el Presidente mismo. ¿Quién hace la política francesa en el Oriente Medio o en Birmania? ¿Chirac y Jospin o los intereses petroleros franceses? ¿Quién hace la política británica en Indonesia? ¿Blair o Vickers? Preguntar es dar la respuesta.

El mercado global del trabajo

La principal consecuencia social de la mundialización ha sido la emergencia de un mercado laboral mundial. Eso significa que, a causa de la fluidez de las comunicaciones y de la movilidad del capital, los trabajadores de todos los países, sea cual sea su grado de desarrollo industrial o su sistema social, compiten, en todos los sectores de la economía, dentro de una escala de salarios de uno a cien, o más.

Esta competencia a la baja, unida a la puesta en subasta por los Estados de los costes sociales, de la fiscalidad y de las demás ventajas ofrecidas a los inversionistas extranjeros, ha creado una espiral descendente implacable que se traduce en deterioro de los salarios y de las condiciones de trabajo, en aumento del desempleo y de la precariedad, en el desmantelamiento de las conquistas sociales y en el crecimiento del sector informal. Esta espiral descendente no reconoce más fondo que el trabajo esclavo.

Sin embargo, este mercado mundial del trabajo no es un “mercado” en el sentido corriente del término, regido por leyes económicas. Está dirigido por leyes políticas, por intervenciones estatales masivas en forma de represión militar y policial, y en definitiva es esta represión lo que, en definitiva, mantiene al sistema en pie.

Detengámonos un momento en el papel económico de la represión. ¿Cómo llegaron a donde están los países con bajos salarios? Ningún pueblo ha elegido ser pobre. La pobreza les fue impuesta por la violencia y el terror. Los países que juegan un papel importante en el mercado mundial de trabajo y que determinan las condiciones en la parte baja de la escala, son países donde los pueblos fueron severamente reprimidos, como China, Vietnam o Indonesia, o donde sufren las consecuencias de una dura represión en su pasado histórico reciente: Rusia, Brasil, América central. O bien se trata de “democraduras”, de países donde las formas democráticas son observadas pero donde las relaciones sociales de fuerza se establecen según reglas nada democráticas, como en la India, México o Turquía.

Las zonas francas de exportación son microclimas que ilustran bien el papel económico de la represión. Existen más de 700 en el mundo y su número sigue creciendo. Son zonas que los Estados han reservado al capital transnacional, en las que los inversionistas extranjeros se benefician, además de varios regalos a costa del contribuyente (infraestructuras, exenciones de impuestos, etc.), de privilegios de extraterritorialidad, en particular para impedir el acceso a los sindicatos y reprimir a quienes quieren sindicarse. En numerosos Estados, la policía y el ejército nacional se convierten en los vigilantes del capital transnacional.

Ahí nosotros también podríamos decir: ¡Menos Estado, por favor! ¿Qué significa competencia, que quiere decir capacidad competitiva, cuando las reglas de esa competencia están determinadas, en última instancia, por la represión? ¿Quiere decir que todos subastaremos a la baja hasta llegar juntos a la parte más baja de la escala? ¿Deben seguir los países subastando la velocidad con la que ellos liquidan los logros sociales?

No es necesario extrapolar mucho y hacer política-ficción para ver adonde lleva esto. La forma neoliberal de la mundialización nos conduce a una sociedad de pesadilla, en la que algunos islotes de prosperidad altamente tecnificados subsistirán bajo protección militar y policial. No serán democracias, sino Estados-guarnición, con un desempleo alto y subsidiado, rodeados por un océano de miseria, con millones de hombres y mujeres en revuelta perpetua, frente a una represión también perpetua. En el siglo XIX, Marx decía que la humanidad podía elegir entre socialismo y barbarie. No hemos conseguido el socialismo, y ahora debemos enfrentarnos con la barbarie.

Esta les a razón por la cual la lucha por los derechos humanos y democráticos es un elemento esencial en la construcción de un contrapoder y para abrir el camino a posibles alternativas. Para el movimiento obrero, los derechos democráticos no son una cuestión de preferencia cultural; se trata de un interés de clase fundamental, porque sólo en la medida en que estos derechos son garantizados los trabajadores pueden defender sus intereses y hacer progresar un proyecto de sociedad alternativa.

La lucha por los derechos democráticos es además uno de los puntos de encuentro de los intereses comunes entre los trabajadores del Norte y los del Sur, entre los que lucha para liberarse de condiciones próximas a la esclavitud y los que luchan para no caer en condiciones similares. También es un punto de encuentro entre los sindicatos y otras organizaciones de la sociedad civil, como veremos más adelante.

Más allá de la defensa de los derechos humanos se perfila un desafío aún más considerable: saber en qué sociedad mundial, y global, vamos a vivir en los decenios venideros. Se trata de volver a definir las metas y la razón de ser de la organización social a escala mundial.

¿Qué hacer?

El movimiento obrero sigue preguntándose: ¿Qué hacer? La vuelta atrás no es posible, si la “defensa del Estado” es ahora una vía sin salida porque ya no tenemos los medios necesarios para modificar las relaciones de fuerza en nuestro favor luchando en el marco del Estado nacional, ¿es imaginable que salgamos del callejón por arriba, globalizando nuestra lucha? No existe otra salida y no tenemos otra alternativa. Veamos lo que ello supone.

Vivimos una mundialización parcial. Lo que se ha mundializado es el capital y la red política a su servicio. Se puede decir incluso que existe una especie de gobierno mundial virtual, integrado por un conjunto de tratados multilaterales e instituciones supranacionales tales como el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial (BM), la Organización Mundial de Comercio (OMC) y otras, y que, por supuesto, este “gobierno mundial” escapa completamente a cualquier control democrático. Su política y sus decisiones son modeladas por los lobbies del capital transnacional, los mismos que determinan la política de los principales gobiernos que controlan esas instancias internacionales.

Lo que no está mundializado, por el contrario, es el Estado de derecho, los derechos democráticos y los derechos individuales, ni los derechos sindicales. Podemos decir entonces: ¡Mundialicemos, pero mundialicemos todo!

No es difícil pensar la construcción de un nuevo orden mundial diferente del modelo neoliberal, hoy dominante, un orden que respondería a los intereses del conjunto de la sociedad. La ausencia de un gobierno mundial formal, de un ”Estado mundial” -que, por otra parte, no es deseable en las circunstancias actuales- no impide la firma de acuerdos entre Estados, combinados con normas procedimentales que, por ejemplo, impondrían a las empresas transnacionales reglas de funcionamiento conformes a los intereses de las poblaciones y de la sociedad civil mundial, e incluso una vinculante legislación laboral internacional o el establecimiento de impuestos sobre los flujos financieros, tal y como proponía James Tobin en Estados Unidos ya en 1974.

La dificultad es que no estamos en un concurso de ideas sobre la mejor manera de organizar el mundo de hoy y de mañana. En este aspecto siempre tuvimos las mejores ideas. Estamos en una lucha por el poder en la cual venimos perdiendo terreno desde los años setenta, a grosso modo desde la primera "crisis del petróleo" que marcó el comienzo del crecimiento del paro en los países industrializados. Estamos en una guerra en la cual los intereses de los poderosos son defendidos por todos los medios y en la cual el valor de las ideas es determinado por la capacidad de sus partidarios para imponerlas.

Tenemos un problema de organización. La fuente del poder de nuestros adversarios es el dinero, grandes cantidades de dinero. La fuente de nuestro poder es la organización. La organización, eso es lo que se supone sabe hacer el movimiento sindical. Si esa herramienta tiene ahora tan escasa utilidad en este momento, es porque nuestras cabezas han quedado aprisionadas dentro de las fronteras de los Estados, mientras que los centros de decisión y de poder han traspasado estas fronteras desde hace mucho tiempo.

Si tomamos el movimiento sindical como ejemplo, comprobamos que por primera vez en la historia existen la condiciones materiales y técnicas para hacer funcionar eficazmente una genuina Internacional sindical mundial. Cuando se necesitaban varias semanas para ir o enviar correo desde Europa a Japón o China, cuando el precio de las telecomunicaciones era exorbitante, era difícil construir una organización mundial que fuese más allá de lo simbólico. De hecho, las dos primeras Internacionales obreras, la Asociación Internacional de Trabajadores y la Federación Sindical Internacional (Amsterdam) -y en gran medida la Internacional Sindical Roja (Moscú)- eran prácticamente organizaciones europeas, funcionando en un espacio limitado y con gran densidad de población, lo que permitía  contactos fáciles y permanentes.

Hoy día, con los modernos transportes aéreos y los medios que nos ofrecen el fax o el correo electrónico, los mismos medios que contribuyeron de manera determinante a mundializar el capital, tenemos las herramientas para mundializar el movimiento social.

Pero las mentes no han seguido a esos  cambios tecnológicos. El movimiento sindical internacional se encuentra en la fase de un conjunto de redes bastante laxas de organizaciones nacionales que siguen reaccionando con reflejos nacionales. Frente a la crisis, muchas se repliegan sobre ellas mismas, justo lo contrario de lo que se necesita en el momento en que se trata de fortalecer los lazos internacionales para ser más eficaces. Es un reflejo natural, pero incorrecto, como frenar en una carretera helada.

Historia

Para comprender la situación actual hace falta mirar hacia atrás. La globalización tiene su historia, el movimiento sindical también tiene la suya y hay que recordarla para comprender el enorme atraso en que el movimiento sindical se ha quedado respecto a los acontecimientos ocurridos. A finales de la segunda guerra mundial, el movimiento sindical europeo queda exangüe: miles de sus mejores dirigentes han desaparecido en los campos de concentración, en la guerra o en el exilio. En el Este, los sindicatos, ya débiles antes de la guerra (con excepción de Checoslovaquia), fueron disueltos y los dirigentes socialdemócratas, socialistas, comunistas disidentes e independientes que sobrevivieron a la guerra desaparecen en las cárceles del KGB. Sólo subsisten los aparatos de administración y control de la mano de obra denominados “sindicatos” en el sistema estalinista. En Japón, se constituyen dos tipos de sindicatos bajo la ocupación americana que restablece la libertad sindical: los sucesores de las organizaciones “patrióticas”de trabajadores  bajo la dictadura militar, normalmente limitadas al ámbito de empresa, y los auténticos sindicatos dirigidos por socialistas o comunistas recién salidos de la cárcel.

Pero la patronal tampoco está en posición de fuerza. Tiene mucho que hacerse perdonar por su colaboración con el nazismo y el fascismo, ante todo en Alemania, en Austria y en Italia, pero también, salvo algunas honorables excepciones, en toda la Europa ocupada. En Francia, es la hora de las nacionalizaciones punitivas. Los demócratas cristianos alemanes, en su primer congreso, adoptan un programa socialista. La patronal se encuentra en una débil posición política. La URSS, que ya no tiene nada de socialista pero que es anticapitalista, representa una amenaza. El miedo aconseja prudencia.

La reconstrucción social en Europa y Japón, en gran parte financiada por Estados Unidos, tiene lugar sobre la base de la ideología de la colaboración social, fundada en la promesa de la paz social a cambio del reconocimiento de los derechos sindicales y de la construcción del Estado social igualitario. Una vez neutralizada la oposición de los sindicatos comunistas (principalmente la CGT en Francia y la CGIL en Italia) y la, más esporádica, de los grupos revolucionarios, el modelo prevalece en los treinta años siguientes. El modelo queda finalmente consolidado con la prosperidad económica de la posguerra -los “treinta gloriosos”-, que finaliza con las crisis de los años 1970 y 1980.

La reconstrucción tiene lugar también en el contexto de la "guerra fría". Aunque es falsa la afirmación de que la escisión del movimiento sindical internacional en 1947 -la Federación sindical mundial- es obra de la CIA, pues para esa ruptura habría bastado la oposición radical entre los proyectos de sociedad de socialistas y comunistas desde 1921, así como la persecución de los socialistas en los países ocupados por la URSS, sí que es cierto que la vida política del movimiento obrero fue dominada durante 50 años por un debate falso: el de saber si los intereses obreros eran mejor representados por el capitalismo (adecentado por la  socialdemocracia) o el comunismo (en su forma estalinista. Dicho sea de paso, el resultado de este “debate” fue el convencimiento de la mayoría de los trabajadores en los países de Europa central y oriental y en los Estados surgidos de la antigua URSS de que debían buscar su salud en el capitalismo, pero olvidando en ello a la socialdemocracia, y el conjunto del movimiento obrero está pagando las consecuencias.

Así, el inmenso aparato de propaganda movilizado para alinear verticalmente al movimiento obrero con uno u otro de los bloques ocultó la línea de división horizontal y de clase que atravesaba ambos bloques. La cruzada anticomunista, sectaria y paranoica de ciertas direcciones sindicales, en particular estadounidenses, acabó dañando más a las organizaciones democráticas y socialistas que a las organizaciones comunistas, a las que incluso contribuyó a consolidar en algunos casos.

En la mayoría de los países industrializados, la situación del movimiento sindica, a finales de los “treinta gloriosos" se presenta de la manera siguiente: una herencia ideológica y política muy debilitada por la desaparición de los cuadros más formados y combativos, un debate y unas prioridades políticas distorsionados por la guerra fría; organizaciones sindicales potentes pero rutinarias con direcciones de corto alcance, autosatisfechas e políticamente incultas (por supuesto hay excepciones), más aptas para administrar los logros sociales que para la organización o la lucha, y que, por regla general, habían asumido la ideología de la colaboración social y eran incapaces de hacer frente a lo imprevisto de la historia. Además, la base sindical había sido educada en la facilidad, y, por tanto, en la pasividad.

En lo que era el Tercer Mundo, aunque haya excepciones la situación no es mejor: el movimiento sindical está ligado a partidos populares anticolonialistas y democráticos y, cuando estos partidos llegan al gobierno y se convierten en una nueva clase dirigente, que ya no es ni popular ni democrática, de forma que los sindicatos se hacen dependientes respecto al poder o deben hacer frente a la represión.

Se hubiera necesitado un milagro para que el movimiento sindical internacional se alzara por encima de las debilidades de sus miembros. Se hubiera necesitado borrar cuarenta años de historia.

Inventario

En la práctica, hoy hay que tomar en cuenta a tres tipos de organizaciones sindicales: la Confederación Internacional de Organizaciones Sindicales Libres (CIOSL), los Secretariados Profesionales Internacionales (SPI) y la Confederación Europea de Sindicatos (CES) con sus federaciones sectoriales (en parte, aunque no en todos los casos, con lazos con las SPI de su sector). El núcleo de la FSM ha quedado reducido a una alianza entre dictadores de Oriente Medio y los restos de la burocracia de los koljoses rusos. La Confederación Mundial del Trabajo (CMT) (excristiana) es una pequeña organización donde sólo la CSC belga es representativa en su propio país. Organizaciones regionales tales como OUSA (África) o CISA (Países árabes) están dominadas por los Estados, en su mayor parte autoritarios, y gangrenadas por la corrupción, lo que las hace inútiles para el sindicalismo.

La CIOSL tiene un doble problema. Por una parte, está constituida por organizaciones nacionales, es decir territoriales en el ámbito de los Estados; y sus órganos dirigentes están compuestos por representantes de dichas organizaciones, acostumbrados a pensar y actuar en el marco del Estado nacional e interesados en creerse y hacer creer a otros que los problemas de sus miembros pueden encontrar una solución en dicho marco. Por otra parte, esta generación de dirigentes (y de los expertos que les acompañan) esta formada mayoritariamente en la ideología de la colaboración social y de la guerra fría, por lo que son incapaces de comprender lo que sucede.

Esto puede cambiar en la medida en que las malas noticias acaban llegando una a una a todas las organizaciones: por ejemplo, el movimiento sindical estadounidense, seriamente amenazado por el combativo neoliberalismo de la derecha, acabó reaccionando y radicalizándose, y esto le ha llevado a nuevas conclusiones en política interior e internacional. Pero una “nueva AFL-CIO" no hace primavera, más aún cuando el proceso de una nueva toma de conciencia política está lejos de progresar sin dificultades en los mismos Estados Unidos.

La CIOSL enfrenta hoy una paradoja: después del colapso del bloque soviético se han unido a ella la mayor parte de las centrales sindicales no alineadas y de las que se constituyeron sobre los escombros del sindicalismo de Estado comunista. Con sus 215 organizaciones afiliadas y 125 millones de miembros es, con mucha diferencia, la organización sindical mundial más representativa. Sin embargo, en el plano político el vacío es abrumador. Ya no sirve el viejo  anticomunismo en que basaba su ideología (sin nunca tener otro proyecto alternativo que el capitalismo adaptado), los otros "agentes sociales" rompen el diálogo con el sindicalismo a medida que las transnacionales y los gobiernos al servicio de ellas se vuelven más agresivos; la socialdemocracia interioriza el neoliberalismo y, una vez en el gobierno, trata a los sindicatos como un grupo de presión más.

Sin ideología, sin política y sin programa, utilizando sin convicción viejas recetas y sin fuerza para reinventarse, la CIOSL va a la deriva. Sería necesario que recordara que es la organización de la clase obrera mundial y que eso implica la responsabilidad de luchar por un proyecto de sociedad. De momento, no existe ninguna señal que permita creer que se dirige en dicha dirección.

Sin embargo, ya que hay que simular moverse, la CIOSL avanza en terrenos que poco se prestan a controversia (por ejemplo, la defensa de los derechos sindicales y democráticos o las cuestiones de la igualdad), pero queda bloqueada en el ámbito de la reflexión y de la acción económica y política (lo esencial de sus actividades es siempre tratar de convencer al Banco Mundial, al FMI y a la OMC para que hagan keynesianismo económico y corporativismo social).

La CES tiene el mismo problema en cuanto a la composición de su dirección (a diferencia de  la CIOSL, la CES integra a las organizaciones sectoriales, las federaciones de la industria, pero en una organización muy centralizada como la CES su papel real es muy reducido frente a las confederaciones). Tiene una particularidad que hace a la vez su fuerza y su debilidad: su dependencia de la Comisión de la Unión Europea le da sus medios de acción y su legitimidad, pero, al mismo tiempo, la limita. Los parámetros de su acción son los de un lobby legislativo dentro de la UE y el “diálogo social” con las organizaciones empresariales europeas, un campo en el cual han sido firmados algunos acuerdos-marco generales.

En Europa, el acontecimiento más significativo y potencialmente, más positivo desde el punto de vista sindical fue la adopción en 1994 de la directiva sobre los Consejos Europeos de Empresa (CEE). Aunque lejos del proyecto inicial (la “directiva Vredeling” de 1980 hubiera otorgado un papel oficial a los sindicatos, más o menos como en la codeterminación alemana), tiene el mérito de hacer obligatorias las reuniones, al menos anuales, de los representantes de los trabajadores de todas las sucursales de la mayor parte de las ETN, lo que plantea dos retos principales que han sido objeto de negociaciones, y a veces de conflictos, desde los años 1980 y sobre todo desde 1994: el reto sindical y el reto geográfico.

El desafío sindical es asegurar el control sindical sobre los Comité de Empresa Europeos, lo que implica, por una parte, que los sindicatos como tales estén representados de pleno derecho en los CEE, y, por otra parte, intentar que los representantes elegidos desde las empresas estén sindicados. El objetivo es, evidentemente, quitar del camino a los amarillos (no sindicados por oportunismo o por principio y organizaciones controladas por la patronal) e impedir que los CEE se conviertan en correas de transmisión empresariales para imponer más fácilmente las reestructuraciones, deslocalizaciones, etc. En ciertos sectores, especialmente en aquellos en los que la federación de la industria de la CES forma  parte de la estructura del SPI correspondiente o trabaja estrechamente con él, el principio del control sindical ha prevalecido. En otros sectores, en los que la mayor preocupación de la dirección de la federación de la industria fue firmar el máximo de acuerdos para la estadística, algunos de esos acuerdos han eliminado prácticamente a los sindicatos, fortaleciendo la posición de la patronal.

El desafío geográfico proviene de que la directiva se aplica formalmente sólo en los países miembros de la UE pero deja libertad a los interlocutores sociales para ponerse de acuerdo sobre la cobertura geográfica del CEE. A la patronal le interesa que los CEE cubran el menor número posible de sucursales de una ETN, mientras que los sindicatos les interesa que el órgano de coordinación abarque a todas las sucursales, no sólo en Europa sino también en todas las zonas donde la ETN esté presente, siempre con la óptica de las relaciones de fuerza a establecer. Así, ciertos CEE son geográficamente muy restrictivos (países de la UE solamente) mientras que otros cubren toda la Europa geográfica y hay por lo menos tres que cubren el mundo entero. Las batallas más importantes para la ampliación de los CEE fueron llevadas a cabo en los sectores donde los SPI determinan la política general.

Los SPI son, sin duda, las organizaciones sindicales internacionales más eficaces que existen en este momento. Pero sus miembros son federaciones o centrales nacionales y, aunque la mayoría de ellas estén directamente enfrentadas a las ETN y padezcan los efectos de la globalización en su práctica cotidiana, es muy frecuente que sigan prisioneras de esquemas nacionales.

La debilidad de la estructura central de coordinación de los SPI y sus secretariados (normalmente entre 15 y 20 personas en la sede central) junto con límites financieros (la mayor parte de sus ingresos proviene de las cuotas) es otro obstáculo que algunos han conseguido vencer por la descentralización (organizaciones regionales verdaderamente autónomas, tareas internacionales asumidas por organizaciones sindicales afiliadas que tienen la capacidad y la voluntad de hacerlo) o por la fusión (entre las más recientes, las de dos organizaciones de la enseñanza, la de la química y la minería del carbón, la de la alimentación y la agricultura, la del comercio con correos y telecomunicaciones, y la de los medios de comunicación con las artes gráficas).

Algunos piensan que la capacidad de innovación y la combatividad de los SPI está limitada por el hecho de que los secretariados no pueden ir más allá de la voluntad de sus principales afiliados (según el principio de que la velocidad de un convoy es determinada por el buque más lento, especialmente si es grande). En realidad, los secretariados, tomando siempre como punto de partida los intereses inmediatos de los miembros en su lugar de trabajo, tienen una margen de maniobra real. Es uno de los factores que explica las diferencias entre la cultura de organización de los distintos SPI, siendo otros factores la estructura y las tradiciones sindicales de su sector.

En todo caso, desde hace unos 20 años son los SPI quienes han llevado a cabo las acciones internacionales de solidaridad más eficaces y quienes han firmado los acuerdos más avanzados con las ETN. Se puede recordar la modélica acción de la ITF (transportes) contra las banderas de conveniencia en los barcos, las acciones de la UITA (alimentación y agricultura) para defender los derechos sindicales y la propia existencia de los sindicatos en Perú (Nestlé) y en Guatemala (Coca-Cola), o para obligar a ciertas ETN (Heineken, Carlsberg, Pepsico) a retirarse de Birmania, o los acuerdos de la UITA con Danone, Accor, Nestlé, o el de la FITCM (madera y construcción) con IKEA, entre otros.

Tareas

Hemos descrito la situación. Pasemos a las tareas. Se resumen en tres palabras: organización, democratización y politización, relacionadas entre sí.

El trabajo de organización tiene varios aspectos: en primer lugar, se trata de crear las condiciones para que la multitud de trabajadores  no sindicados en el mundo pueda acceder a la organización sindical. La tasa mundial de sindicalización está por debajo del 13% (163 millones de sindicados sobre 1.300 millones de asalariados, y esa tasa se quedaría en la mitad o menos si tomásemos en cuenta también a los trabajadores del sector informal).

Esto supone, como se ha visto más arriba, una lucha para cambiar los regímenes que prohiben el sindicalismo libre. Está lucha está acercándose a su objetivo en Indonesia, pero aún siguen en pie todas esas restricciones en China, Vietnam, Birmania y Cuba, así como en Siria, Irak, Irán, Libia o Arabia saudita y las monarquías del Golfo pérsico, por citar solamente los principales países en los que está prohibido el sindicalismo libre, y en ciertos casos cualquier otro. Esto supone una estrategia de lucha por los derechos democráticos a escala mundial que, en lo fundamental, se desarrolle sin tibiezas ni miramientos ante viejas complicidades políticas, aunque las tácticas pueden variar según las situaciones. Un elemento indispensable de tal estrategia es una alianza con las organizaciones de derechos humanos en las que puede depositarse mayor confianza (Amnistía internacional, Human Rights Watch, Liga Internacional de los Derechos Humanos).

También se requiere un esfuerzo sistemático y prolongado para sindicar a los trabajadores de las ETN tal ya como ya lo están haciendo algunos SPI. Aunque los 73 millones de trabajadores directamente empleados por las ETN sólo representan una minoría (aunque está cifra podría doblarse o triplicarse si se toma en cuenta la subcontratación), se trata de la minoría más internacionalizada y la que está mejor ubicada en la economía mundial para influir en las relaciones de fuerza. Los CEE deben internacionalizarse en el marco de ese esfuerzo, ya sea integrando en ellos a los sindicatos de la misma ETN en otros continentes, ya por medio de una red de coordinaciones sindicales regionales en el ámbito de la misma ETN.

En el pasado, el obstáculo principal para una coordinación a largo plazo fue el problema de los costes: las reuniones internacionales cuestan mucho (gastos de viaje y en traductores e intérpretes). Otra organización internacional del movimiento obrero, próxima al movimiento sindical y a los partidos de tendencia socialista,  la Federación internacional de asociaciones de educación de los trabajadores (FIAET), está resolviendo este problema. Desde 1998, dicha federación ha elaborado un modelo de círculos de estudio internacionales por Internet, gracias al cual los cuales grupos de discusión en varios países, conectados entre ellos por correo electrónico, pueden tratar del mismo tema simultáneamente. Este tema, por supuesto, puede ser una ETN, y los grupos de discusión pueden ser los sindicatos locales de las filiales de la misma ETN. A través de los círculos de estudio se constituye así una red permanente de coordinación. Las mismas técnicas que han permitido mundializarse al capital nos dan también la posibilidad de construir un contrapoder sindical.

Tanto en la lucha contra las dictaduras como para organizar las ETN, el movimiento sindical internacional debe darse nuevas prioridades políticas. Un ejemplo: en la mayoría de los países industrializados, el derecho de huelga de solidaridad fue eliminado a lo largo de los treinta últimos años por una legislación cada vez más restrictiva. La resistencia de los sindicatos ha sido asombrosamente débil, limitándose en general a protestas formales. Ahora bien, se trata aquí de un ataque al derecho de huelga, particularmente peligroso en el contexto de la globalización en el cual los intereses de los trabajadores de diferentes países están cada vez más relacionados e son crecientemente interdependientes, como lo es el mismo proceso productivo.

Una vez admitido el principio del derecho de huelga como derecho humano fundamental, ¿qué derecho tendrían mayorías parlamentarias circunstanciales (de izquierda o de derecha) para decidir en qué momento los trabajadores podrían  utilizarlo para defender sus intereses? Haber conseguido criminalizar la huelga de solidaridad en la mayor parte de los países de Europa occidental y en América del Norte es un gran triunfo de las campañas de propaganda de la derecha contra la “prepotencia sindical”. Si hay una lucha internacional que merece la pena llevar a cabo, es la de recuperar este derecho fundamental.

Una estrategia internacional de organización implica también la feminización del movimiento sindical. Una gran mayoría de la mano de obra en los sectores poco sindicados son trabajadoras: en las zonas francas de exportación, en el sector informal urbano y rural, entre los trabajadores inmigrados en ciertas zonas y ocupaciones (Golfo arabopérsico, empleadas de hogar, servicios, confección), el trabajo a domicilio (6,9 millones de trabajadoras solamente en Europa). En los países industrializados, la precarización del trabajo va de la mano con su feminización. La proporción de la mano de obra femenina ha pasado de un 33% en 1960 a un 42% en 1993, tasa que ya se aproxima al 60% en los países  más industrializados, mientras que las mujeres representan entre el 66% y el 90% de los trabajadores a tiempo parcial. Estamos hablando de millones de trabajadoras a los que es imposible organizar sin cambiar profundamente las prioridades, los métodos de organización y la composición del movimiento sindical. De lo que se trata es de integrar mejor las reivindicaciones específicas de las mujeres en los objetivos sindicales, de adaptar mejor el funcionamiento de las organizaciones a las condiciones de vida y de trabajo de las mujeres, de promover cuadros femeninos. Esto afecta también al problema de la democracia sindical, en la medida en que no puede lograrse sin dar vía libre a las iniciativas de las mujeres ya sindicalizadas y aceptar que esto puede y debe conducir a cambios en la composición de los organismos dirigentes del sindicalismo.

Lo mismo ocurre con los jóvenes. La Federación Sueca de Trabajadores de Hoteles y Restaurantes, tras de un largo período de estancamiento, ha pasado de 40.000 a 60.000 miembros en cinco años, confiando a sus miembros jóvenes la responsabilidad de sindicar a otros jóvenes, con sus propios métodos y sin otro forma de intervención de la dirección que el apoyo material necesario.

Estructuras

La estructura es una herramienta, un  medio del que se dota el movimiento sindical para conseguir sus objetivos. La evolución de las estructuras es una constante de su historia. Es evidente que, frente a las consecuencias de la globalización, se imponen diversos cambios de estructura.

En varios países industrializados, ante la creciente distancia entra las tareas y los medios disponibles, con una disminución del número de afiliados, el movimiento sindical ha recurrido a las fusiones, es decir, a la concentración de recursos. En Estados Unidos, Japón, Canadá, Australia, Nueva Zelandia, Alemania, los Países Bajos, Dinamarca, Finlandia, Suecia, Noruega, Suiza, España, Italia, las fusiones entre federaciones prosiguen desde hace algunos años, y en el caso de Japón y de Holanda han tenido lugar fusiones entre confederaciones. Francia, donde las estructuras sindicales se multiplican a medida de que el número de afiliados disminuye, y Bélgica, donde los conflictos entre comunidades han roto la unidad sindical, son excepciones notorias.

Hay una tendencia a la creación de grandes centrales interprofesionales, y en algunos países estas fusiones podrían conducir a una reestructuración radical del movimiento. En Holanda, la nueva federación Bondgenoten, que resultó de la fusión de cuatro federaciones a comienzos de 1998, representa la mitad de los efectivos de la central nacional FNV de la cual forma parte. El objetivo declarado de Bondgenoten es seguir con las fusiones y transformar la FNV en una central sindical única antes del año 2006. Una evolución parecida podría producirse en Dinamarca alrededor de la federación general SiD, que ya representa, más o menos, un 25% de los efectivos de la central nacional LO.

En una situación en la que las ramas o  sectores pierden importancia a causa del rechazo patronal a negociar en ese ámbito, y en la que las propias empresas se transforman por la descentralización y la subcontratación, la constitución de grandes estructuras interprofesionales puede ser una respuesta a la pérdida de poder sectorial. Por lo tanto, las relaciones de fuerza entre sindicatos por una parte y el empresariado y el Estado por otra, van a establecerse cada vez más en el terreno político, y se confirmaría el viejo sueño de los sindicalistas revolucionarios americanos de los Trabajadores Industriales del Mundo (IWW) a principios del siglo 20, One Big Union (un gran sindicato).

Democracia

En este contexto, se replantea con fuerza la cuestión de la democracia sindical. ¿Cómo impedir que las nuevas grandes organizaciones se conviertan en monstruos burocráticos más y más alejados de la base y, en último término, finalmente inoperantes? La federación Bondgenoten, consciente del problema, trata de remediarlo mediante la descentralización de la administración del sindicato (cada uno de los 500.000 miembros tendrá una oficina del sindicato a menos de 25 kilómetros de su domicilio).

No obstante, la democracia sindical es algo más que el acceso de los afiliados a los servicios del sindicato. Significa la participación activa de los afiliados en la vida interna, un poder real de la base que se manifieste en todas las estructuras estatutarias y que determine las prioridades en la política y la acción. En definitiva, de ella depende la capacidad de movilización.

En el ámbito internacional, se hace notar aún más la necesidad de la democratización, ligada una nueva política y a nuevas estructuras. En la hora de la globalización la política sindical sólo puede ser internacional, en la medida en que todos los problemas con los cuales se enfrenta el sindicalismo en los distintos países se integran en un contexto internacional o tienen prolongaciones internacionales. Por el contrario, las reestructuraciones sindicales que acabamos de describir tienen lugar dentro del Estado nacional. Una idea tan simple como la creación de sindicatos internacionales que sobrepasarían las fronteras es vista como utópica por las direcciones sindicales, cuando en realidad se encuentra ya retrasada respecto a la realidad vivida por los afiliados. Cuando el sindicato estadounidense del automóvil (UAW) entró al consejo de administración de la nueva empresa Daimler-Chrysler (la IG Metall alemana le había otorgado uno de sus tres puestos), el Wall Street Journal se preguntaba si una fusión UAW/IG Metall era posible. Lo lamentable es que el único que se hizo esa pregunta fuese el vocero del gran capital estadounidense.

Es cierto que el ámbito internacional está teniendo lugar un similar movimiento de fusión en los SPI. Pero para crear un movimiento sindical internacional digno de ese nombre, no sólo sería necesario fusionar las organizaciones existentes sino también centralizar al máximo los recursos y la capacidad de acción, mientras se descentralizarían al máximo los lugares donde toma forma la política de la organización. No se trata sólo de “cooperar más allá de las fronteras” sino de crear organizaciones integradas que no tengan en cuenta las fronteras. Las federaciones europeas de la industria, por ejemplo, deberían desarrollarse hacia centrales únicas con autoridad y capacidad de firmar convenios colectivos o declarar huelgas en el ámbito europeo. Los SPI, a nivel mundial, necesitan esa misma centralización de la acción y esa descentralización en la elaboración de la política subyacente.

Sin embargo, la mayoría de los afiliados e incluso de los cuadros medios sindicales no conocen la existencia de organizaciones sindicales internacionales o tienen de ellas una idea deformada por prejuicios y malentendidos. Transmitir una nueva concepción del trabajo internacional es relativamente fácil en las ETN, donde se aprende sobre la base de la propia experiencia (caso Renault, entre otros). Los progresos técnicos en las telecomunicaciones, como la generalización del correo electrónico, facilitarán seguramente la consulta y la coordinación entre organismos locales, así como la creación de une “opinión pública” en la base de las organizaciones. El papel de la educación sindical tiene que ser revisado: deberá incorporar sistemáticamente la dimensión internacional. No obstante, en el conjunto del movimiento será difícil motivar y movilizar a millones de hombres y mujeres que no tienen contactos directos con una ETN y que no tienen acceso a las nuevas técnicas de comunicación, si no se ofrece simultáneamente una perspectiva política realista y portadora de esperanza.

Crear una cultura de organización en la que los afiliados sean dueños de su sindicato y no se sientan como administrados, sino como ciudadanos, es un problema que no puede ser resuelto por estructuras. Exige una política que enraíce con los orígenes del sindicalismo y que mida el valor de una organización sindical por su capacidad de combate. La despolitización del sindicalismo en el periodo de 1950-1980 fue funesta: condujo a la falta de preparación de los dirigentes y a la pasividad de los afiliados. Hay que volver a politizar el sindicalismo.

Política

En la situación actual, volver a politizar no significa volver a establecer subordinaciones o dependencias frente a los partidos políticos, ni tampoco el que los sindicatos controlen a un  partido político. Los partidos se han alejado de los sindicatos y las relaciones heredadas del pasado no funcionan más, ya se trate de la correa de transmisión (en un sentido o el otro), la clientela electoral o los acuerdos por arriba de tipo corporativista. Esto no quiere decir que el sindicalismo no tenga necesidad de una dimensión política, todo lo contrario, pues toda acción sindical es política por naturaleza. Se trata de reinventar la política del sindicalismo, tomando como punto de partida la defensa de los intereses de los afiliados desde la empresa.

Podemos decir que se trata de reinventar el socialismo democrático a partir del sindicalismo como portador de una alternativa al proyecto neoliberal mundial, en vez de limitarse a ser, en el mejor de los casos, un servicio de ambulancias para las víctimas. Comencemos por definir cuáles son las metas legítimas de cualquier organización social, sea a nivel local o mundial, afirmando que una empresa o un sistema económico cualquiera sólo tiene legitimidad en la medida en que sirvan al bienestar humano en el sentido más amplio (satisfacción de las necesidades básicas, como la justicia, la igualdad, la libertad - individual y no sólo la de los pueblos -, el acceso a la cultura, el Estado de derecho). Esos valores y principios básicos, que constituyen un programa de democracia radical diametralmente opuesto a los del actual liberalismo dominante, deben convertirse en el programa de lucha del sindicalismo, un programa que habrá que defender en todos los ámbitos, dándose los medios necesarios para hacerlo.

Esto es particularmente importante para el movimiento sindical de los países de Europa central y oriental y de los países sucesores de la URSS, donde el movimiento está desorientado ideológicamente y políticamente, en grados diversos. Los principios tradicionales e históricos del movimiento obrero (también su vocabulario y sus símbolos) están desacreditados por su asociación con el estalinismo. Y sectores importantes del movimiento sindical han aceptado la ideología del capitalismo neoliberal porque el “socialismo”, tal como lo experimentaron, no es una opción aceptable. Lo comprendemos, pero es muy peligroso aceptar esa situación.

En primer lugar, es peligroso para ellos mismos. La ruptura con su historia anterior al período estalinista, que ha cubierto 40 años en los países del Este y setenta años en la ex-URSS, representa una perdida de identidad. El secuestro del movimiento de los mineros rumanos por políticos fascistas es un ejemplo extremo de confusión, pero está lejos de ser un caso único, y posiblemente no sea el último. En ausencia de un fuerte sentido de su identidad y de su legitimidad política, el movimiento sindical corre el riesgo de extraviarse y de sumirse en la marginalidad.

En segundo lugar, esa situación es peligrosa para el movimiento sindical del mundo entero. Millones de trabajadores en los países ex-comunistas, en gran parte ya sindicalizados, deberían ser integrados urgentemente en el movimiento sindical mundial por solidaridad (que es siempre una relación recíproca) y por su proprio reforzamiento. Ahora bien, esto tiene lugar lentamente y con dificultades, a pesar de los esfuerzos de los SPI y de algunas centrales nacionales comprometidas.

Un elemento esencial de ese esfuerzo de integración debe ser político: la rehabilitación del socialismo democrático. A pesar de todas las dificultades, este espacio político debe conquistarse otra vez: los principios, la política, el vocabulario, los símbolos. No existe otra identidad política imaginable, en la práctica, que permita al movimiento sindical en los países ex-comunistas defender los intereses de sus miembros, consolidar la democracia en la sociedad política y construir fuertes alianzas con el movimiento obrero de otras regiones del mundo.

Observemos también lo que ha ocurrido en los países donde un “nuevo sindicalismo” ha aparecido, con repercusiones espectaculares en la tasa de organización y en las relaciones de fuerza sociales: Corea (KCTU), Brasil (CUT y MST), África del Sur (COSATU). En los tres casos, se trata de organizaciones sindicales que asumieron  los problemas del conjunto de la sociedad a la que sus afiliados pertenecen, con fuertes vínculos con otros elementos de la sociedad civil, en particular en las comunidades locales, y con programas políticos de reforma de la sociedad

Una estrategia de alianzas

Ya no se trata sólo de revitalizar el movimiento sindical internacional y de crear en él organizaciones de lucha eficaces en el ámbito internacional, sino que también debemos unificar y organizar en la acción al movimiento social en el sentido más amplio, para construir juntos un contrapoder con credibilidad. Me refiero a  organizaciones de la sociedad civil en toda su complejidad: los movimientos de defensa de los derechos humanos, las organizaciones de solidaridad, los movimientos de mujeres, de defensa del medio ambiente o de las minorías o del sector informal, y también los partidos políticos que nos son próximos, mientras que continúen cercanos a nosotros y nos sigan  acompañando.

Todos estos movimientos sociales representan intereses convergentes con los del movimiento sindical, tienen un combate común que llevar a cabo y el desafío de este combate es compartido con el movimiento sindical: ¿en qué mundo viviremos mañana, dentro de diez, veinte años? El objetivo del movimiento sindical debe ser de recomponer el movimiento social en el ámbito mundial, luchando con los medios que le dan la globalización y la tecnología que la sostiene. Un movimiento social mundial como éste sería un nuevo movimiento de liberación de la humanidad, cuyas armas principales son el fax y el ordenador.

El movimiento sindical es el único que puede jugar ese papel. Conocemos sus debilidades en el ámbito internacional. Sin embargo, sigue siendo el único movimiento universal y democráticamente organizado, con una impresionante capacidad de resistencia. Ningún otro movimiento o institución, a parte de las iglesias, sobrevivió a dos guerras mundiales y a dos regímenes totalitarios con una capacidad de destrucción social sin comparación en la historia moderna.

No es un milagro. El movimiento sindical es el único movimiento que, mediante la organización, da poder a millones de trabajadores que todos los días llevan a cabo miles de luchas en el mundo entero, grandes o pequeñas, porque no tienen más remedio ni otro lugar adonde ir. Las opciones son someterse o resistir, y en general no se someten o lo hacen durante poco tiempo, porque el combate sindical es, en primer lugar, un combate por la dignidad humana, un combate donde, en el fondo, no hay compromiso posible. Es un combate por un bien más precioso que la vida misma, ya que la gente muere para defenderlo.

El movimiento sindical no es un “grupo de presión” más, y, a pesar de lo que algunos pretenden, el sueldo de sus miembros no es su preocupación exclusiva. No tiene intereses separados de los de la sociedad civil en su conjunto, lo que no resulta sorprendente, ya que la mayoría de la población mundial son trabajadores dependientes y, cuando se asumen los intereses de esos trabajadores y trabajadoras, se están asumiendo las preocupaciones e intereses del conjunto de la sociedad civil.

En definitiva, el movimiento sindical está constituido por estructuras y redes que, pese a sus debilidades y su relajamiento, cubren el mundo entero y son núcleos potenciales o reales de resistencia. Esto tiene una importancia capital cuando se trata de construir un movimiento social capaz de actuar de manera eficaz a escala mundial y, en el marco de la mundialización, lo que exige estructuras y una organización permanente con capacidad de funcionar de manera coherente a largo plazo.

Ya hemos visto la importancia de los derechos humanos y democráticos como tema de organización y de lucha. Especialmente en un contexto político difícil, cuando el movimiento sindical debe enfrentarse a la represión, éste debe apoyarse en una amplia alianza cuyo fundamento político sea la defensa de los derechos de la persona y los derechos democráticos.

A título de ejemplo, el combate de la UITA para defender los derechos sindicales de los trabajadores de Coca-Cola en Guatemala en los años 1980, con repercusiones considerables tanto en el sindicalismo de Centroamérica como en las relaciones del movimiento sindical internacional con las ETN, tuvo éxito gracias a una alianza entre los sindicatos y las organizaciones de defensa de derechos humanos y las organizaciones de solidaridad. Más cercana en el tiempo, una alianza parecida acabó obligando a las cerveceras Heineken y Carlsberg, así como a  Pepsico, a marcharse de Birmania. Existen casos similares en el textil o en la petroquímica.

Seleccionar las prioridades

La selección estratégica de prioridades va a hacerse cada vez más importante. Con medios limitados, no podemos permitirnos disiparnos y perder de vista el objetivo prioritario, que es cambiar las relaciones de fuerza a nivel global. Esto significa que debemos privilegiar los proyectos y las acciones que refuerzan las organizaciones internacionales, que permiten entrelazar las luchas locales de forma duradera y que constituyen y refuerzan redes permanentes de apoyo mutuo.

El movimiento sindical, y el movimiento social en el sentido amplio, disponen de medios importantes para la ayuda al desarrollo. En parte, son fondos públicos administrados por los sindicatos, pero también son fondos propios de las organizaciones. Suman cientos de millones en divisas fuertes, pero desde el punto de vista estratégico y político se desperdician en gran medida. En numerosos casos, los efectos perversos de tal ayuda, incluso si se otorga con las mejores intenciones y con un control contable (lo que no siempre ocurre), acabaron debilitando las organizaciones y movimientos que la ayuda debía fortalecer. El dogma de la “ayuda al desarrollo” que se enraíza en una ideología de la caridad en vez de la solidaridad, convierte en principio que el dinero solidario debe ser gastado en el “Sur” (y en el “Este”) lo más localmente posible. Ahora bien, las aldeas de Asterix creados de esa manera (en el mejor de los casos) no tienen ninguna incidencia en la relación de fuerza global. Y si hubiera mil veces más de esas aldeas, el resultado sería el mismo. Mientras tanto, la OMC termina por decidir sobre la suerte de las comunidades locales más que ellas mismas, los servicios públicos son desmantelados, las leyes antisindicales se convierten en regla en vez de ser excepción, tanto en el “Norte” como en el “Sur”, y la redistribución de la riqueza sigue haciéndose en detrimento de los pobres y en provecho de los ricos.

El movimiento sindical deberá repensar la política de solidaridad utilizando los recursos que le quedan, no para dar propinas al "Sur", sino para identificar los puntos de apoyo estratégicos sobre los que presionar para modificar la relación de fuerza global y reforzar las instituciones, especialmente sus organizaciones internacionales y las ONG progresistas del “Norte”, susceptibles de presionar esas palancas de manera eficaz.


Agosto de 2000