El
Global Labour Institute
Globalización
y la política del sindicalismo
Dan Gallin
Nueva
traducción por Iniciativa Socialista (Madrid) (www.inisoc.org)
del documento previamente publicado baja el título: "A la hora de la
mundialización,¿qué movimiento sindical?".
La
globalización: lo que es
El
conjunto de fenómenos que abarca el concepto de mundialización (o globalización)
ha cambiado nuestro paisaje económico, social y político tan rápidamente que
tenemos dificultades para integrar estos cambios en nuestro pensamiento. Esto
lleva -tanto en la derecha como en la izquierda- a rechazar que está sucediendo
algo importante. Se argumenta, por ejemplo, que el capital siempre ha sido
internacional y que la economía mundial existe desde hace más de un siglo -como
Marx y Engels muestran en unas páginas de sorprendente actualidad del Manifiesto
comunista.
Se dice
también que amplios sectores de la economía no son afectados directamente por
la mundialización, que la mayor parte del comercio tiene lugar dentro de
bloques regionales, como la Unión Europea, y que la apertura de los mercados no
es mayor hoy que antes de 1914.
Es
verdad que el capitalismo siempre fue internacional y que, en ciertas épocas,
esta economía internacional fue más abierta que hoy, pero una economía
internacional sigue siendo un conjunto de economías nacionales unidas entre
ellas por redes comerciales, de inversión y de crédito. Lo que hoy se está
formando es otra cosa: una economía globalmente integrada.
La
evolución tecnológica juega un papel determinante en la formación de esta
economía global, especialmente en el campo electrónico, de las comunicaciones
y del transporte. Algunas de sus consecuencias son la baja vertiginosa de los
precios de las telecomunicaciones, y su velocidad y su naturaleza también han
cambiado por la generalización del fax y del correo electrónico. Tres minutos
de conversación telefónica entre Londres y Nueva York costaban 31 dólares en
1970, 3 dólares
en 1990 y 1,08 dólares en febrero del año 2000.
La
informatización ha provocado cambios comparables en la industria: entre 1982 y
1992 el número de robots se ha multiplicado por diez. En treinta años, entre
1960 y 1990, los costes del transporte aéreo han bajado un 60%. En
términos de valor, casi la cuarta parte de los productos de exportación
son transportados por vía aérea. Hoy, 1250 millones de personas y 22 millones
de toneladas de flete viajan por avión. El sector de servicios también es
afectado. Las líneas aéreas y las compañías de seguros principalmente,
subcontratan su contabilidad y otros trabajos informáticos en países con bajos
salarios. Hay que añadir que más de 1800 millones de dólares son transferidos
cada día a través del mundo por correo electrónico, fuera del control de
gobiernos o estados.
Cuando
se minimiza la importancia de la globalización so pretexto de que todavía no
afecta al conjunto de la economía mundial, eso se parece a una discusión sobre
si un vaso está medio vacío o medio lleno. Lo que importa es, por un lado, la
tendencia y, por otro, el peso específico de los sectores mundializados en las
relaciones de poder entre Estados y dentro de los Estados.
Para algunos reconocer el hecho de la globalización representa una capitulación ideológica, pero no se pueden confundir las situaciones de hecho y las conclusiones políticas que se pueden sacar de ellas. No se trata de preguntarse si se está “a favor o en contra”, sino de saber cómo posicionarse en esta realidad. Como proceso de transformación de la vida económica por la introducción de nuevas tecnologías, la mundialización de la vida económica es un hecho irreversible. Otra cosa es cuáles son las consecuencias sociales y políticas resultantes de ello. En este aspecto, no hay nada que sea inevitable o irreversible, y de lo que se trata es de saber cómo se organizan las relaciones de fuerza entre los intereses representados en esta nueva sociedad global. Es decir, estamos ante un proceso político que depende de la voluntad y la capacidad de los actores sociales.
¿Cuáles
son los efectos de la mundialización sobre estas relaciones de fuerza? Tres
aspectos nos conciernen particularmente: el auge de las empresas transnacionales,
el cambio de la política de los Estados frente a los apremios de la
mundialización y la creación de un mercado de trabajo mundial.
El
auge de las transnacionales
Las
empresas transnacionales (ETN) son la punta de lanza y, al mismo tiempo, los
principales beneficiarios de las transformaciones tecnológicas de esta última
década. Cerca de 60.000 ETN y 500.000 filiales controlan el 75% del comercio
mundial en materias primas, manufacturas y servicios, aún más sin duda si se
toma en cuenta a sus subcontratistas. Una tercera parte de estos intercambios
comerciales han tenido lugar dentro de una misma ETN, entre sus diferentes
unidades, escapando, en gran medida, a los controles de los gobiernos y de las
instancias supranacionales.
Según
la CNUCED (Comisión de las Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo),
"la producción internacional se ha convertido en una característica
estructural central de la economía mundial”
El mismo
informe indica que “la división tradicional entre integración en el ámbito
de la empresa o en el de la nación tiende a desaparecer. Las ETN usurpan los
dominios donde la soberanía y las responsabilidades estaban tradicionalmente
reservadas a los estados nacionales."
Después
de la caída del bloque soviético, una de cuyas causas fue la incapacidad del
sistema colectivista burocrático de adaptarse a las nuevas tecnologías y a sus
consecuencias sociales y políticas, el poder de las ETN ha llegado a ser
verdaderamente mundial por la colonización económica y política de dicho
bloque.
Estos
“nuevos países capitalistas”, más una gran parte de los países
calificados como "en desarrollo" y los futuros países ex-comunistas
como China, que no hacían parte del mundo capitalista, han agregado mil
millones de trabajadores al mercado mundial de trabajo, controlado por el
capital transnacional.
La
destrucción de los empleos concomitante al auge de las ETN, más que a la
relocalización, se debe a las reestructuraciones de las empresas bajo la presión
de la carrera por la rentabilidad, es decir, por la obtención de la ganancia máxima,
en el marco de la mundialización. Las ETN se refuerzan "adelgazando",
y cada vez que una de ellas anuncia nuevos despidos y su cotización sube en la
bolsa. Los contestatarios son pocos. El neoliberalismo ha conseguido que se
admita el “adelgazamiento” y la carrera por la ganancia come una ley de la
naturaleza.
En
resumen, estamos en una situación donde el poder y la influencia ideológica de
las ETN han crecido enormemente en menos de dos décadas y donde la movilidad
del capital es prácticamente incontrolada.
El
Estado al servicio del capital
Una
consecuencia política, con repercusiones sociales muy importantes, ha sido el
cambio del papel del Estado: por una parte, su poder y su autoridad van deteriorándose,
evidentemente no de la manera que esperaban los socialistas a comienzos del
siglo XX, es decir, en favor de una sociedad civil democrática, sino en
beneficio del capital transnacional y, por otra parte, en la medida que sirve
los intereses de éste, el Estado sigue reforzándose.
El poder
del Estado nacional se ha debilitado en varios aspectos: en primer lugar, como
agente económico y, en consecuencia, en su papel de empleador, de regulador de
la economía y como mecanismo de redistribución del producto social por medio
de la fiscalidad.
El número
mundial de privatizaciones se multiplicó por cinco entre 1985 y 1990, y sigue
creciendo a medida que se abren a las inversiones transnacionales economías
anteriormente protegidas, como la de la India, o las economías colectivistas
burocráticas que evolucionan hacia una forma de estalinismo de mercado, como
las de China, Vietnam o de Cuba, y por supuesto los países del antiguo bloque
soviético. Pero también en los países industrializados de la OCDE se están
privatizando las partes más rentables del sector público.
Las
privatizaciones no sólo amplían el campo de actividad y refuerzan el poder de
las ETN, sino que también quitan al Estado una parte de sus medios de acción
sobre la economía y reducen su capacidad de influir la política económica y,
en tanto que empleador, la política social.
Los
recientes acuerdos comerciales internacionales, como los que tienen lugar en el
marco de la Organización Mundial del Comercio (OMC) o el Acuerdo Multilateral
sobre Inversiones (AMI) y sus clónicos, penalizan a los gobiernos que tratan de
ejercer un control sobre las ETN. Les obligan a renunciar a medidas legislativas
o políticas que limiten la libertad de acción de las ETN, en particular en el
campo de las inversiones (compra, venta y cierre de empresas, etc.). Estos
acuerdos, por tanto, debilitan el control democrático sobre las políticas
sociales y económicas, y transfieren a ETN que solo responden ante sus
accionistas una autoridad que pertenecía a gobiernos responsables ante de sus
electores.
El
Estado, por tanto, tiene grandes dificultades para controlar los flujos
internacionales de capital (o, cuando el capital se declara en huelga contra el
estado, la fuga de capitales), lo que reduce su capacidad de imponer impuestos
sobre el capital y disminuye, en ciertos casos de manera drástica, los ingresos
fiscales que financian los servicios públicos y la política social. Así, el
Estado no alcanza a financiar el consenso social, que depende de su capacidad de
proteger a los más débiles mediante la redistribución del producto social.
La
consecuencia más grave de la incapacidad del Estado para controlar el capital
dentro sus fronteras con medidas legislativas u otras medidas políticas no es sólo
el debilitamiento del mismo Estado, sino el debilitamiento de todas las
estructuras que actúan en el marco del Estado nacional: los parlamentos
nacionales, los partidos políticos, las centrales sindicales, en otros términos,
todos los instrumentos de un control democrático potencial o real.
Resulta
que los partidos políticos, cualquiera que sea su origen histórico, su base
social, su programa político, sus intenciones o sus promesas electorales,
tienen cada vez mas dificultades para presentar opciones claras y, aún más,
para llevarlas a cabo una vez en el gobierno. Así, todos los gobiernos, sean de
derecha o de izquierda, terminan siguiendo una política de business-friendly,
dando prioridad a los intereses patronales a costa del interés general de la
sociedad. Los ciudadanos, indiferentes o cínicos, vuelven la espalda a las
instituciones que no resuelven sus problemas. Asistimos a una crisis de la
democracia debida a la incapacidad de sus instituciones representativas de
controlar la realidad económica dentro del marco del Estado nacional.
De esto
no se deduce, bajo pretexto de la limitación de sus poderes, que no tenga
sentido la lucha política dentro del Estado nacional o en el ámbito de
instituciones locales o regionales. Sin embargo queda claro que el Estado no va
a salvar el movimiento obrero, incluso cuando sus aliados tradicionales estén
en el gobierno. En todo caso esa es la experiencia de los sindicatos, en grados
variables, en España, Italia, Estados Unidos, Suecia, Francia, o en el Reino
Unido con el “New Labor”, o en Alemania, con la socialdemocracia "light"
de Gerhard Schröder.
¿Es
necesario “defender el Estado” en su calidad de garante del interés público?
Esta batalla ya está perdida. El Estado podía ser el garante del interés público
sólo en la medida que el equilibrio de las fuerzas sociales, conseguido por las
luchas obreras en el marco de cada país y por el miedo patronal a
cuestionamientos revolucionarios, le imponía una fórmula de compromiso, de
pacto social. La mundialización ha roto este equilibrio, emancipando al capital
de las reglas políticas que los sindicatos y la izquierda política podían
imponerle dentro del Estado nacional. En esta nueva situación, la patronal no
está ya interesada en un compromiso social, ni está dispuesta a cofinanciar el
Estado social.
La pérdida
de autonomía del Estado frente a las ETN lo transforma en ejecutor de la política
de éstas. La colaboración del Estado es solicitada constantemente por el
capital transnacional: las “guerras” del plátano, por los derechos de
aterrizaje de las líneas aéreas o por las cuotas de mercado en la industria
aerospacial, en el petróleo o en la industria del armamento, son luchas que
libran las ETN a través de los Estados. Los subsidios agrícolas, los subsidios
a las empresas (a veces, verdaderas extorsiones arrancadas por medio del
chantaje de la relocalización), las garantías a la exportación, las
infraestructuras construidas con los recursos públicos para atraer la inversión
extranjera, las franquicias fiscales o aduaneras, representan intervenciones
estatales que no tienen nada que ver con la defensa del interés público.
Las
embajadas son, cada vez más, lugares de representación comercial, y ningún
jefe de Estado, incluso las familias reales, viaja al extranjero sin acompañarse
de una jauría de empresarios. La política de Estados Unidos en China la dicta
el lobby del capital transnacional estadounidense, y no el Departamento de
estado ni el Presidente mismo. ¿Quién hace la política francesa en el Oriente
Medio o en Birmania? ¿Chirac y Jospin o los intereses petroleros franceses? ¿Quién
hace la política británica en Indonesia? ¿Blair o Vickers? Preguntar es dar
la respuesta.
El
mercado global del trabajo
La
principal consecuencia social de la mundialización ha sido la emergencia de un
mercado laboral mundial. Eso significa que, a causa de la fluidez de las
comunicaciones y de la movilidad del capital, los trabajadores de todos los países,
sea cual sea su grado de desarrollo industrial o su sistema social, compiten, en
todos los sectores de la economía, dentro de una escala de salarios de uno a
cien, o más.
Esta
competencia a la baja, unida a la puesta en subasta por los Estados de los
costes sociales, de la fiscalidad y de las demás ventajas ofrecidas a los
inversionistas extranjeros, ha creado una espiral descendente implacable que se
traduce en deterioro de los salarios y de las condiciones de trabajo, en aumento
del desempleo y de la precariedad, en el desmantelamiento de las conquistas
sociales y en el crecimiento del sector informal. Esta espiral descendente no
reconoce más fondo que el trabajo esclavo.
Sin
embargo, este mercado mundial del trabajo no es un “mercado” en el sentido
corriente del término, regido por leyes económicas. Está dirigido por leyes
políticas, por intervenciones estatales masivas en forma de represión militar
y policial, y en definitiva es esta represión lo que, en definitiva, mantiene
al sistema en pie.
Detengámonos
un momento en el papel económico de la represión. ¿Cómo llegaron a donde están
los países con bajos salarios? Ningún pueblo ha elegido ser pobre. La pobreza
les fue impuesta por la violencia y el terror. Los países que juegan un papel
importante en el mercado mundial de trabajo y que determinan las condiciones en
la parte baja de la escala, son países donde los pueblos fueron severamente
reprimidos, como China, Vietnam o Indonesia, o donde sufren las consecuencias de
una dura represión en su pasado histórico reciente: Rusia, Brasil, América
central. O bien se trata de “democraduras”, de países donde las formas
democráticas son observadas pero donde las relaciones sociales de fuerza se
establecen según reglas nada democráticas, como en la India, México o Turquía.
Las zonas
francas de exportación son microclimas que ilustran bien el papel económico
de la represión. Existen más de 700 en el mundo y su número sigue creciendo.
Son zonas que los Estados han reservado al capital transnacional, en las que los
inversionistas extranjeros se benefician, además de varios regalos a costa del
contribuyente (infraestructuras, exenciones de impuestos, etc.), de privilegios
de extraterritorialidad, en particular para impedir el acceso a los sindicatos y
reprimir a quienes quieren sindicarse. En numerosos Estados, la policía y el ejército
nacional se convierten en los vigilantes del capital transnacional.
Ahí
nosotros también podríamos decir: ¡Menos Estado, por favor! ¿Qué significa
competencia, que quiere decir capacidad competitiva, cuando las reglas de esa
competencia están determinadas, en última instancia, por la represión? ¿Quiere
decir que todos subastaremos a la baja hasta llegar juntos a la parte más baja
de la escala? ¿Deben seguir los países subastando la velocidad con la que
ellos liquidan los logros sociales?
No es
necesario extrapolar mucho y hacer política-ficción para ver adonde lleva esto.
La forma neoliberal de la mundialización nos conduce a una sociedad de
pesadilla, en la que algunos islotes de prosperidad altamente tecnificados
subsistirán bajo protección militar y policial. No serán democracias, sino
Estados-guarnición, con un desempleo alto y subsidiado, rodeados por un océano
de miseria, con millones de hombres y mujeres en revuelta perpetua, frente a una
represión también perpetua. En el siglo XIX, Marx decía que la humanidad podía
elegir entre socialismo y barbarie. No hemos conseguido el socialismo, y ahora
debemos enfrentarnos con la barbarie.
Esta les a razón por la cual la lucha por los derechos humanos y democráticos es un elemento esencial en la construcción de un contrapoder y para abrir el camino a posibles alternativas. Para el movimiento obrero, los derechos democráticos no son una cuestión de preferencia cultural; se trata de un interés de clase fundamental, porque sólo en la medida en que estos derechos son garantizados los trabajadores pueden defender sus intereses y hacer progresar un proyecto de sociedad alternativa.
La lucha
por los derechos democráticos es además uno de los puntos de encuentro de los
intereses comunes entre los trabajadores del Norte y los del Sur, entre los que
lucha para liberarse de condiciones próximas a la esclavitud y los que luchan
para no caer en condiciones similares. También es un punto de encuentro entre
los sindicatos y otras organizaciones de la sociedad civil, como veremos más
adelante.
Más allá
de la defensa de los derechos humanos se perfila un desafío aún más
considerable: saber en qué sociedad mundial, y global, vamos a vivir en los
decenios venideros. Se trata de volver a definir las metas y la razón de ser de
la organización social a escala mundial.
¿Qué
hacer?
El
movimiento obrero sigue preguntándose: ¿Qué hacer? La vuelta atrás no es
posible, si la “defensa del Estado” es ahora una vía sin salida porque ya
no tenemos los medios necesarios para modificar las relaciones de fuerza en
nuestro favor luchando en el marco del Estado nacional, ¿es imaginable que
salgamos del callejón por arriba, globalizando nuestra lucha? No existe otra
salida y no tenemos otra alternativa. Veamos lo que ello supone.
Vivimos
una mundialización parcial. Lo que se ha mundializado es el capital y la red
política a su servicio. Se puede decir incluso que existe una especie de
gobierno mundial virtual, integrado por un conjunto de tratados multilaterales e
instituciones supranacionales tales como el Fondo Monetario Internacional (FMI),
el Banco Mundial (BM), la Organización Mundial de Comercio (OMC) y otras, y que,
por supuesto, este “gobierno mundial” escapa completamente a cualquier
control democrático. Su política y sus decisiones son modeladas por los lobbies
del capital transnacional, los mismos que determinan la política de los
principales gobiernos que controlan esas instancias internacionales.
Lo que
no está mundializado, por el contrario, es el Estado de derecho, los derechos
democráticos y los derechos individuales, ni los derechos sindicales. Podemos
decir entonces: ¡Mundialicemos, pero mundialicemos todo!
No es
difícil pensar la construcción de un nuevo orden mundial diferente del modelo
neoliberal, hoy dominante, un orden que respondería a los intereses del
conjunto de la sociedad. La ausencia de un gobierno mundial formal, de un
”Estado mundial” -que, por otra parte, no es deseable en las circunstancias
actuales- no impide la firma de acuerdos entre Estados, combinados con normas
procedimentales que, por ejemplo, impondrían a las empresas transnacionales
reglas de funcionamiento conformes a los intereses de las poblaciones y de la
sociedad civil mundial, e incluso una vinculante legislación laboral
internacional o el establecimiento de impuestos sobre los flujos financieros,
tal y como proponía James Tobin en Estados Unidos ya en 1974.
La
dificultad es que no estamos en un concurso de ideas sobre la mejor manera de
organizar el mundo de hoy y de mañana. En este aspecto siempre tuvimos las
mejores ideas. Estamos en una lucha por el poder en la cual venimos perdiendo
terreno desde los años setenta, a grosso modo desde la primera
"crisis del petróleo" que marcó el comienzo del crecimiento del paro
en los países industrializados. Estamos en una guerra en la cual los intereses
de los poderosos son defendidos por todos los medios y en la cual el valor de
las ideas es determinado por la capacidad de sus partidarios para imponerlas.
Tenemos
un problema de organización. La fuente del poder de nuestros adversarios es el
dinero, grandes cantidades de dinero. La fuente de nuestro poder es la
organización. La organización, eso es lo que se supone sabe hacer el
movimiento sindical. Si esa herramienta tiene ahora tan escasa utilidad en este
momento, es porque nuestras cabezas han quedado aprisionadas dentro de las
fronteras de los Estados, mientras que los centros de decisión y de poder han
traspasado estas fronteras desde hace mucho tiempo.
Si
tomamos el movimiento sindical como ejemplo, comprobamos que por primera vez en
la historia existen la condiciones materiales y técnicas para hacer funcionar
eficazmente una genuina Internacional sindical mundial. Cuando se necesitaban
varias semanas para ir o enviar correo desde Europa a Japón o China, cuando el
precio de las telecomunicaciones era exorbitante, era difícil construir una
organización mundial que fuese más allá de lo simbólico. De hecho, las dos
primeras Internacionales obreras, la Asociación Internacional de Trabajadores y
la Federación Sindical Internacional (Amsterdam) -y en gran medida la
Internacional Sindical Roja (Moscú)- eran prácticamente organizaciones
europeas, funcionando en un espacio limitado y con gran densidad de población,
lo que permitía contactos fáciles
y permanentes.
Hoy día,
con los modernos transportes aéreos y los medios que nos ofrecen el fax o el
correo electrónico, los mismos medios que contribuyeron de manera determinante
a mundializar el capital, tenemos las herramientas para mundializar el
movimiento social.
Pero las
mentes no han seguido a esos cambios
tecnológicos. El movimiento sindical internacional se encuentra en la fase de
un conjunto de redes bastante laxas de organizaciones nacionales que siguen
reaccionando con reflejos nacionales. Frente a la crisis, muchas se repliegan
sobre ellas mismas, justo lo contrario de lo que se necesita en el momento en
que se trata de fortalecer los lazos internacionales para ser más eficaces. Es
un reflejo natural, pero incorrecto, como frenar en una carretera helada.
Historia
Para
comprender la situación actual hace falta mirar hacia atrás. La globalización
tiene su historia, el movimiento sindical también tiene la suya y hay que
recordarla para comprender el enorme atraso en que el movimiento sindical se ha
quedado respecto a los acontecimientos ocurridos. A finales de la segunda guerra
mundial, el movimiento sindical europeo queda exangüe: miles de sus mejores
dirigentes han desaparecido en los campos de concentración, en la guerra o en
el exilio. En el Este, los sindicatos, ya débiles antes de la guerra (con
excepción de Checoslovaquia), fueron disueltos y los dirigentes socialdemócratas,
socialistas, comunistas disidentes e independientes que sobrevivieron a la
guerra desaparecen en las cárceles del KGB. Sólo subsisten los aparatos de
administración y control de la mano de obra denominados “sindicatos” en el
sistema estalinista. En Japón, se constituyen dos tipos de sindicatos bajo la
ocupación americana que restablece la libertad sindical: los sucesores de las
organizaciones “patrióticas”de trabajadores
bajo la dictadura militar, normalmente limitadas al ámbito de empresa, y
los auténticos sindicatos dirigidos por socialistas o comunistas recién
salidos de la cárcel.
Pero la
patronal tampoco está en posición de fuerza. Tiene mucho que hacerse perdonar
por su colaboración con el nazismo y el fascismo, ante todo en Alemania, en
Austria y en Italia, pero también, salvo algunas honorables excepciones, en
toda la Europa ocupada. En Francia, es la hora de las nacionalizaciones
punitivas. Los demócratas cristianos alemanes, en su primer congreso, adoptan
un programa socialista. La patronal se encuentra en una débil posición política.
La URSS, que ya no tiene nada de socialista pero que es anticapitalista,
representa una amenaza. El miedo aconseja prudencia.
La
reconstrucción social en Europa y Japón, en gran parte financiada por Estados
Unidos, tiene lugar sobre la base de la ideología de la colaboración social,
fundada en la promesa de la paz social a cambio del reconocimiento de los
derechos sindicales y de la construcción del Estado social igualitario. Una vez
neutralizada la oposición de los sindicatos comunistas (principalmente la CGT
en Francia y la CGIL en Italia) y la, más esporádica, de los grupos
revolucionarios, el modelo prevalece en los treinta años siguientes. El modelo
queda finalmente consolidado con la prosperidad económica de la posguerra -los
“treinta gloriosos”-, que finaliza con las crisis de los años 1970 y 1980.
La
reconstrucción tiene lugar también en el contexto de la "guerra fría".
Aunque es falsa la afirmación de que la escisión del movimiento sindical
internacional en 1947 -la Federación sindical mundial- es obra de la CIA, pues
para esa ruptura habría bastado la oposición radical entre los proyectos de
sociedad de socialistas y comunistas desde 1921, así como la persecución de
los socialistas en los países ocupados por la URSS, sí que es cierto que la
vida política del movimiento obrero fue dominada durante 50 años por un debate
falso: el de saber si los intereses obreros eran mejor representados por el
capitalismo (adecentado por la socialdemocracia) o el comunismo (en su forma estalinista.
Dicho sea de paso, el resultado de este “debate” fue el convencimiento de la
mayoría de los trabajadores en los países de Europa central y oriental y en
los Estados surgidos de la antigua URSS de que debían buscar su salud en el
capitalismo, pero olvidando en ello a la socialdemocracia, y el conjunto del
movimiento obrero está pagando las consecuencias.
Así, el
inmenso aparato de propaganda movilizado para alinear verticalmente al
movimiento obrero con uno u otro de los bloques ocultó la línea de división
horizontal y de clase que atravesaba ambos bloques. La cruzada anticomunista,
sectaria y paranoica de ciertas direcciones sindicales, en particular
estadounidenses, acabó dañando más a las organizaciones democráticas y
socialistas que a las organizaciones comunistas, a las que incluso contribuyó a
consolidar en algunos casos.
En la
mayoría de los países industrializados, la situación del movimiento sindica,
a finales de los “treinta gloriosos" se presenta de la manera siguiente:
una herencia ideológica y política muy debilitada por la desaparición de los
cuadros más formados y combativos, un debate y unas prioridades políticas
distorsionados por la guerra fría; organizaciones sindicales potentes pero
rutinarias con direcciones de corto alcance, autosatisfechas e políticamente
incultas (por supuesto hay excepciones), más aptas para administrar los logros
sociales que para la organización o la lucha, y que, por regla general, habían
asumido la ideología de la colaboración social y eran incapaces de
hacer frente a lo imprevisto de la historia. Además, la base sindical había
sido educada en la facilidad, y, por tanto, en la pasividad.
En lo
que era el Tercer Mundo, aunque haya excepciones la situación no es mejor: el
movimiento sindical está ligado a partidos populares anticolonialistas y democráticos
y, cuando estos partidos llegan al gobierno y se convierten en una nueva clase
dirigente, que ya no es ni popular ni democrática, de forma que los sindicatos
se hacen dependientes respecto al poder o deben hacer frente a la represión.
Se
hubiera necesitado un milagro para que el movimiento sindical internacional se
alzara por encima de las debilidades de sus miembros. Se hubiera necesitado
borrar cuarenta años de historia.
Inventario
En la práctica,
hoy hay que tomar en cuenta a tres tipos de organizaciones sindicales: la
Confederación Internacional de Organizaciones Sindicales Libres (CIOSL), los
Secretariados Profesionales Internacionales (SPI) y la Confederación Europea de
Sindicatos (CES) con sus federaciones sectoriales (en parte, aunque no en todos
los casos, con lazos con las SPI de su sector). El núcleo de la FSM ha quedado
reducido a una alianza entre dictadores de Oriente Medio y los restos de la
burocracia de los koljoses rusos. La Confederación Mundial del Trabajo (CMT)
(excristiana) es una pequeña organización donde sólo la CSC belga es
representativa en su propio país. Organizaciones regionales tales como OUSA (África)
o CISA (Países árabes) están dominadas por los Estados, en su mayor parte
autoritarios, y gangrenadas por la corrupción, lo que las hace inútiles para
el sindicalismo.
La CIOSL
tiene un doble problema. Por una parte, está constituida por organizaciones
nacionales, es decir territoriales en el ámbito de los Estados; y sus órganos
dirigentes están compuestos por representantes de dichas organizaciones,
acostumbrados a pensar y actuar en el marco del Estado nacional e interesados en
creerse y hacer creer a otros que los problemas de sus miembros pueden encontrar
una solución en dicho marco. Por otra parte, esta generación de dirigentes (y
de los expertos que les acompañan) esta formada mayoritariamente en la ideología
de la colaboración social y de la guerra fría, por lo que son incapaces
de comprender lo que sucede.
Esto
puede cambiar en la medida en que las malas noticias acaban llegando una a una a
todas las organizaciones: por ejemplo, el movimiento sindical estadounidense,
seriamente amenazado por el combativo neoliberalismo de la derecha, acabó
reaccionando y radicalizándose, y esto le ha llevado a nuevas conclusiones en
política interior e internacional. Pero una “nueva AFL-CIO" no hace
primavera, más aún cuando el proceso de una nueva toma de conciencia política
está lejos de progresar sin dificultades en los mismos Estados Unidos.
La CIOSL
enfrenta hoy una paradoja: después del colapso del bloque soviético se han
unido a ella la mayor parte de las centrales sindicales no alineadas y de las
que se constituyeron sobre los escombros del sindicalismo de Estado comunista.
Con sus 215 organizaciones afiliadas y 125 millones de miembros es, con mucha
diferencia, la organización sindical mundial más representativa. Sin embargo,
en el plano político el vacío es abrumador. Ya no sirve el viejo
anticomunismo en que basaba su ideología (sin nunca tener otro proyecto
alternativo que el capitalismo adaptado), los otros "agentes sociales"
rompen el diálogo con el sindicalismo a medida que las transnacionales y los
gobiernos al servicio de ellas se vuelven más agresivos; la socialdemocracia
interioriza el neoliberalismo y, una vez en el gobierno, trata a los sindicatos
como un grupo de presión más.
Sin
ideología, sin política y sin programa, utilizando sin convicción viejas
recetas y sin fuerza para reinventarse, la CIOSL va a la deriva. Sería
necesario que recordara que es la organización de la clase obrera mundial y que
eso implica la responsabilidad de luchar por un proyecto de sociedad. De momento,
no existe ninguna señal que permita creer que se dirige en dicha dirección.
Sin
embargo, ya que hay que simular moverse, la CIOSL avanza en terrenos que poco se
prestan a controversia (por ejemplo, la defensa de los derechos sindicales y
democráticos o las cuestiones de la igualdad), pero queda bloqueada en el ámbito
de la reflexión y de la acción económica y política (lo esencial de sus
actividades es siempre tratar de convencer al Banco Mundial, al FMI y a la OMC
para que hagan keynesianismo económico y corporativismo social).
La CES
tiene el mismo problema en cuanto a la composición de su dirección (a
diferencia de la CIOSL, la CES
integra a las organizaciones sectoriales, las federaciones de la industria, pero
en una organización muy centralizada como la CES su papel real es muy reducido
frente a las confederaciones). Tiene una particularidad que hace a la vez su
fuerza y su debilidad: su dependencia de la Comisión de la Unión Europea le da
sus medios de acción y su legitimidad, pero, al mismo tiempo, la limita. Los
parámetros de su acción son los de un lobby legislativo dentro de la UE
y el “diálogo social” con las organizaciones empresariales europeas, un
campo en el cual han sido firmados algunos acuerdos-marco generales.
En
Europa, el acontecimiento más significativo y potencialmente, más positivo
desde el punto de vista sindical fue la adopción en 1994 de la directiva sobre
los Consejos Europeos de Empresa (CEE). Aunque lejos del proyecto inicial (la
“directiva Vredeling” de 1980 hubiera otorgado un papel oficial a los
sindicatos, más o menos como en la codeterminación alemana), tiene el mérito
de hacer obligatorias las reuniones, al menos anuales, de los representantes de
los trabajadores de todas las sucursales de la mayor parte de las ETN, lo que
plantea dos retos principales que han sido objeto de negociaciones, y a veces de
conflictos, desde los años 1980 y sobre todo desde 1994: el reto sindical y el
reto geográfico.
El desafío
sindical es asegurar el control sindical sobre los Comité de Empresa Europeos,
lo que implica, por una parte, que los sindicatos como tales estén
representados de pleno derecho en los CEE, y, por otra parte, intentar que los
representantes elegidos desde las empresas estén sindicados. El objetivo es,
evidentemente, quitar del camino a los amarillos (no sindicados por oportunismo
o por principio y organizaciones controladas por la patronal) e impedir que los
CEE se conviertan en correas de transmisión empresariales para imponer más fácilmente
las reestructuraciones, deslocalizaciones, etc. En ciertos sectores,
especialmente en aquellos en los que la federación de la industria de la CES
forma parte de la estructura del
SPI correspondiente o trabaja estrechamente con él, el principio del control
sindical ha prevalecido. En otros sectores, en los que la mayor preocupación de
la dirección de la federación de la industria fue firmar el máximo de
acuerdos para la estadística, algunos de esos acuerdos han eliminado prácticamente
a los sindicatos, fortaleciendo la posición de la patronal.
El desafío
geográfico proviene de que la directiva se aplica formalmente sólo en los países
miembros de la UE pero deja libertad a los interlocutores sociales para ponerse
de acuerdo sobre la cobertura geográfica del CEE. A la patronal le interesa que
los CEE cubran el menor número posible de sucursales de una ETN, mientras que
los sindicatos les interesa que el órgano de coordinación abarque a todas las
sucursales, no sólo en Europa sino también en todas las zonas donde la ETN esté
presente, siempre con la óptica de las relaciones de fuerza a establecer. Así,
ciertos CEE son geográficamente muy restrictivos (países de la UE solamente)
mientras que otros cubren toda la Europa geográfica y hay por lo menos tres que
cubren el mundo entero. Las batallas más importantes para la ampliación de los
CEE fueron llevadas a cabo en los sectores donde los SPI determinan la política
general.
Los SPI
son, sin duda, las organizaciones sindicales internacionales más eficaces que
existen en este momento. Pero sus miembros son federaciones o centrales
nacionales y, aunque la mayoría de ellas estén directamente enfrentadas a las
ETN y padezcan los efectos de la globalización en su práctica cotidiana, es
muy frecuente que sigan prisioneras de esquemas nacionales.
La
debilidad de la estructura central de coordinación de los SPI y sus
secretariados (normalmente entre 15 y 20 personas en la sede central) junto con
límites financieros (la mayor parte de sus ingresos proviene de las cuotas) es
otro obstáculo que algunos han conseguido vencer por la descentralización (organizaciones
regionales verdaderamente autónomas, tareas internacionales asumidas por
organizaciones sindicales afiliadas que tienen la capacidad y la voluntad de
hacerlo) o por la fusión (entre las más recientes, las de dos organizaciones
de la enseñanza, la de la química y la minería del carbón, la de la
alimentación y la agricultura, la del comercio con correos y telecomunicaciones,
y la de los medios de comunicación con las artes gráficas).
Algunos
piensan que la capacidad de innovación y la combatividad de los SPI está
limitada por el hecho de que los secretariados no pueden ir más allá de la
voluntad de sus principales afiliados (según el principio de que la velocidad
de un convoy es determinada por el buque más lento, especialmente si es grande).
En realidad, los secretariados, tomando siempre como punto de partida los
intereses inmediatos de los miembros en su lugar de trabajo, tienen una margen
de maniobra real. Es uno de los factores que explica las diferencias entre la
cultura de organización de los distintos SPI, siendo otros factores la
estructura y las tradiciones sindicales de su sector.
En todo
caso, desde hace unos 20 años son los SPI quienes han llevado a cabo las
acciones internacionales de solidaridad más eficaces y quienes han firmado los
acuerdos más avanzados con las ETN. Se puede recordar la modélica acción de
la ITF (transportes) contra las banderas de conveniencia en los barcos, las
acciones de la UITA (alimentación y agricultura) para defender los derechos
sindicales y la propia existencia de los sindicatos en Perú (Nestlé) y en
Guatemala (Coca-Cola), o para obligar a ciertas ETN (Heineken, Carlsberg,
Pepsico) a retirarse de Birmania, o los acuerdos de la UITA con Danone, Accor,
Nestlé, o el de la FITCM (madera y construcción) con IKEA, entre otros.
Tareas
Hemos
descrito la situación. Pasemos a las tareas. Se resumen en tres palabras:
organización, democratización y politización, relacionadas entre sí.
El
trabajo de organización tiene varios aspectos: en primer lugar, se trata de
crear las condiciones para que la multitud de trabajadores
no sindicados en el mundo pueda acceder a la organización sindical. La
tasa mundial de sindicalización está por debajo del 13% (163 millones de
sindicados sobre 1.300 millones de asalariados, y esa tasa se quedaría en la
mitad o menos si tomásemos en cuenta también a los trabajadores del sector
informal).
Esto
supone, como se ha visto más arriba, una lucha para cambiar los regímenes que
prohiben el sindicalismo libre. Está lucha está acercándose a su objetivo en
Indonesia, pero aún siguen en pie todas esas restricciones en China, Vietnam,
Birmania y Cuba, así como en Siria, Irak, Irán, Libia o Arabia saudita y las
monarquías del Golfo pérsico, por citar solamente los principales países en
los que está prohibido el sindicalismo libre, y en ciertos casos cualquier otro.
Esto supone una estrategia de lucha por los derechos democráticos a escala
mundial que, en lo fundamental, se desarrolle sin tibiezas ni miramientos ante
viejas complicidades políticas, aunque las tácticas pueden variar según las
situaciones. Un elemento indispensable de tal estrategia es una alianza con las
organizaciones de derechos humanos en las que puede depositarse mayor confianza
(Amnistía internacional, Human Rights Watch, Liga Internacional de los Derechos
Humanos).
También
se requiere un esfuerzo sistemático y prolongado para sindicar a los
trabajadores de las ETN tal ya como ya lo están haciendo algunos SPI. Aunque
los 73 millones de trabajadores directamente empleados por las ETN sólo
representan una minoría (aunque está cifra podría doblarse o triplicarse si
se toma en cuenta la subcontratación), se trata de la minoría más
internacionalizada y la que está mejor ubicada en la economía mundial para
influir en las relaciones de fuerza. Los CEE deben internacionalizarse en el
marco de ese esfuerzo, ya sea integrando en ellos a los sindicatos de la misma
ETN en otros continentes, ya por medio de una red de coordinaciones sindicales
regionales en el ámbito de la misma ETN.
En el
pasado, el obstáculo principal para una coordinación a largo plazo fue el
problema de los costes: las reuniones internacionales cuestan mucho (gastos de
viaje y en traductores e intérpretes). Otra organización internacional del
movimiento obrero, próxima al movimiento sindical y a los partidos de tendencia
socialista, la Federación
internacional de asociaciones de educación de los trabajadores (FIAET), está
resolviendo este problema. Desde 1998, dicha federación ha elaborado un modelo
de círculos de estudio internacionales por Internet, gracias al cual los cuales
grupos de discusión en varios países, conectados entre ellos por correo electrónico,
pueden tratar del mismo tema simultáneamente. Este tema, por supuesto, puede
ser una ETN, y los grupos de discusión pueden ser los sindicatos locales de las
filiales de la misma ETN. A través de los círculos de estudio se constituye así
una red permanente de coordinación. Las mismas técnicas que han permitido
mundializarse al capital nos dan también la posibilidad de construir un
contrapoder sindical.
Tanto en
la lucha contra las dictaduras como para organizar las ETN, el movimiento
sindical internacional debe darse nuevas prioridades políticas. Un ejemplo: en
la mayoría de los países industrializados, el derecho de huelga de solidaridad
fue eliminado a lo largo de los treinta últimos años por una legislación cada
vez más restrictiva. La resistencia de los sindicatos ha sido asombrosamente débil,
limitándose en general a protestas formales. Ahora bien, se trata aquí de un
ataque al derecho de huelga, particularmente peligroso en el contexto de la
globalización en el cual los intereses de los trabajadores de diferentes países
están cada vez más relacionados e son crecientemente interdependientes, como
lo es el mismo proceso productivo.
Una vez
admitido el principio del derecho de huelga como derecho humano fundamental, ¿qué
derecho tendrían mayorías parlamentarias circunstanciales (de izquierda o de
derecha) para decidir en qué momento los trabajadores podrían
utilizarlo para defender sus intereses? Haber conseguido criminalizar la
huelga de solidaridad en la mayor parte de los países de Europa occidental y en
América del Norte es un gran triunfo de las campañas de propaganda de la
derecha contra la “prepotencia sindical”. Si hay una lucha internacional que
merece la pena llevar a cabo, es la de recuperar este derecho fundamental.
Una
estrategia internacional de organización implica también la feminización del
movimiento sindical. Una gran mayoría de la mano de obra en los sectores poco
sindicados son trabajadoras: en las zonas francas de exportación, en el sector
informal urbano y rural, entre los trabajadores inmigrados en ciertas zonas y
ocupaciones (Golfo arabopérsico, empleadas de hogar, servicios, confección),
el trabajo a domicilio (6,9 millones de trabajadoras solamente en Europa). En
los países industrializados, la precarización del trabajo va de la mano con su
feminización. La proporción de la mano de obra femenina ha pasado de un 33% en
1960 a un 42% en 1993, tasa que ya se aproxima al 60% en los países
más industrializados, mientras que las mujeres representan entre el 66%
y el 90% de los trabajadores a tiempo parcial. Estamos hablando de millones de
trabajadoras a los que es imposible organizar sin cambiar profundamente las
prioridades, los métodos de organización y la composición del movimiento
sindical. De lo que se trata es de integrar mejor las reivindicaciones específicas
de las mujeres en los objetivos sindicales, de adaptar mejor el funcionamiento
de las organizaciones a las condiciones de vida y de trabajo de las mujeres, de
promover cuadros femeninos. Esto afecta también al problema de la democracia
sindical, en la medida en que no puede lograrse sin dar vía libre a las
iniciativas de las mujeres ya sindicalizadas y aceptar que esto puede y debe
conducir a cambios en la composición de los organismos dirigentes del
sindicalismo.
Lo mismo
ocurre con los jóvenes. La Federación Sueca de Trabajadores de Hoteles y
Restaurantes, tras de un largo período de estancamiento, ha pasado de 40.000 a
60.000 miembros en cinco años, confiando a sus miembros jóvenes la
responsabilidad de sindicar a otros jóvenes, con sus propios métodos y sin
otro forma de intervención de la dirección que el apoyo material necesario.
Estructuras
La
estructura es una herramienta, un medio
del que se dota el movimiento sindical para conseguir sus objetivos. La evolución
de las estructuras es una constante de su historia. Es evidente que, frente a
las consecuencias de la globalización, se imponen diversos cambios de
estructura.
En
varios países industrializados, ante la creciente distancia entra las tareas y
los medios disponibles, con una disminución del número de afiliados, el
movimiento sindical ha recurrido a las fusiones, es decir, a la concentración
de recursos. En Estados Unidos, Japón, Canadá, Australia, Nueva Zelandia,
Alemania, los Países Bajos, Dinamarca, Finlandia, Suecia, Noruega, Suiza, España,
Italia, las fusiones entre federaciones prosiguen desde hace algunos años, y en
el caso de Japón y de Holanda han tenido lugar fusiones entre confederaciones.
Francia, donde las estructuras sindicales se multiplican a medida de que el número
de afiliados disminuye, y Bélgica, donde los conflictos entre comunidades han
roto la unidad sindical, son excepciones notorias.
Hay una
tendencia a la creación de grandes centrales interprofesionales, y en algunos
países estas fusiones podrían conducir a una reestructuración radical del
movimiento. En Holanda, la nueva federación Bondgenoten, que resultó de
la fusión de cuatro federaciones a comienzos de 1998, representa la mitad de
los efectivos de la central nacional FNV de la cual forma parte. El objetivo
declarado de Bondgenoten es seguir con las fusiones y transformar la FNV
en una central sindical única antes del año 2006. Una evolución parecida podría
producirse en Dinamarca alrededor de la federación general SiD, que ya
representa, más o menos, un 25% de los efectivos de la central nacional LO.
En una
situación en la que las ramas o sectores
pierden importancia a causa del rechazo patronal a negociar en ese ámbito, y en
la que las propias empresas se transforman por la descentralización y la
subcontratación, la constitución de grandes estructuras interprofesionales
puede ser una respuesta a la pérdida de poder sectorial. Por lo tanto, las
relaciones de fuerza entre sindicatos por una parte y el empresariado y el
Estado por otra, van a establecerse cada vez más en el terreno político, y se
confirmaría el viejo sueño de los sindicalistas revolucionarios americanos de
los Trabajadores Industriales del Mundo (IWW) a principios del siglo 20, One
Big Union (un gran sindicato).
Democracia
En este
contexto, se replantea con fuerza la cuestión de la democracia sindical. ¿Cómo
impedir que las nuevas grandes organizaciones se conviertan en monstruos burocráticos
más y más alejados de la base y, en último término, finalmente inoperantes?
La federación Bondgenoten, consciente del problema, trata de remediarlo
mediante la descentralización de la administración del sindicato (cada uno de
los 500.000 miembros tendrá una oficina del sindicato a menos de 25 kilómetros
de su domicilio).
No
obstante, la democracia sindical es algo más que el acceso de los afiliados a
los servicios del sindicato. Significa la participación activa de los afiliados
en la vida interna, un poder real de la base que se manifieste en todas las
estructuras estatutarias y que determine las prioridades en la política y la
acción. En definitiva, de ella depende la capacidad de movilización.
En el ámbito
internacional, se hace notar aún más la necesidad de la democratización,
ligada una nueva política y a nuevas estructuras. En la hora de la globalización
la política sindical sólo puede ser internacional, en la medida en que todos
los problemas con los cuales se enfrenta el sindicalismo en los distintos países
se integran en un contexto internacional o tienen prolongaciones internacionales.
Por el contrario, las reestructuraciones sindicales que acabamos de describir
tienen lugar dentro del Estado nacional. Una idea tan simple como la creación
de sindicatos internacionales que sobrepasarían las fronteras es vista como utópica
por las direcciones sindicales, cuando en realidad se encuentra ya retrasada
respecto a la realidad vivida por los afiliados. Cuando el sindicato
estadounidense del automóvil (UAW) entró al consejo de administración de la
nueva empresa Daimler-Chrysler (la IG Metall alemana le había otorgado uno de
sus tres puestos), el Wall Street Journal se preguntaba si una fusión
UAW/IG Metall era posible. Lo lamentable es que el único que se hizo esa
pregunta fuese el vocero del gran capital estadounidense.
Es
cierto que el ámbito internacional está teniendo lugar un similar movimiento
de fusión en los SPI. Pero para crear un movimiento sindical internacional
digno de ese nombre, no sólo sería necesario fusionar las organizaciones
existentes sino también centralizar al máximo los recursos y la capacidad de
acción, mientras se descentralizarían al máximo los lugares donde toma forma
la política de la organización. No se trata sólo de “cooperar más allá de
las fronteras” sino de crear organizaciones integradas que no tengan en cuenta
las fronteras. Las federaciones europeas de la industria, por ejemplo, deberían
desarrollarse hacia centrales únicas con autoridad y capacidad de firmar
convenios colectivos o declarar huelgas en el ámbito europeo. Los SPI, a nivel
mundial, necesitan esa misma centralización de la acción y esa descentralización
en la elaboración de la política subyacente.
Sin
embargo, la mayoría de los afiliados e incluso de los cuadros medios sindicales
no conocen la existencia de organizaciones sindicales internacionales o tienen
de ellas una idea deformada por prejuicios y malentendidos. Transmitir una nueva
concepción del trabajo internacional es relativamente fácil en las ETN, donde
se aprende sobre la base de la propia experiencia (caso Renault, entre otros).
Los progresos técnicos en las telecomunicaciones, como la generalización del
correo electrónico, facilitarán seguramente la consulta y la coordinación
entre organismos locales, así como la creación de une “opinión pública”
en la base de las organizaciones. El papel de la educación sindical tiene que
ser revisado: deberá incorporar sistemáticamente la dimensión internacional.
No obstante, en el conjunto del movimiento será difícil motivar y movilizar a
millones de hombres y mujeres que no tienen contactos directos con una ETN y que
no tienen acceso a las nuevas técnicas de comunicación, si no se ofrece simultáneamente
una perspectiva política realista y portadora de esperanza.
Crear
una cultura de organización en la que los afiliados sean dueños de su
sindicato y no se sientan como administrados, sino como ciudadanos, es un
problema que no puede ser resuelto por estructuras. Exige una política que enraíce
con los orígenes del sindicalismo y que mida el valor de una organización
sindical por su capacidad de combate. La despolitización del sindicalismo en el
periodo de 1950-1980 fue funesta: condujo a la falta de preparación de los
dirigentes y a la pasividad de los afiliados. Hay que volver a politizar el
sindicalismo.
Política
En la
situación actual, volver a politizar no significa volver a establecer
subordinaciones o dependencias frente a los partidos políticos, ni tampoco el
que los sindicatos controlen a un partido
político. Los partidos se han alejado de los sindicatos y las relaciones
heredadas del pasado no funcionan más, ya se trate de la correa de transmisión
(en un sentido o el otro), la clientela electoral o los acuerdos por arriba de
tipo corporativista. Esto no quiere decir que el sindicalismo no tenga necesidad
de una dimensión política, todo lo contrario, pues toda acción sindical es
política por naturaleza. Se trata de reinventar la política del sindicalismo,
tomando como punto de partida la defensa de los intereses de los afiliados desde
la empresa.
Podemos
decir que se trata de reinventar el socialismo democrático a partir del
sindicalismo como portador de una alternativa al proyecto neoliberal mundial, en
vez de limitarse a ser, en el mejor de los casos, un servicio de ambulancias
para las víctimas. Comencemos por definir cuáles son las metas legítimas de
cualquier organización social, sea a nivel local o mundial, afirmando que una
empresa o un sistema económico cualquiera sólo tiene legitimidad en la medida
en que sirvan al bienestar humano en el sentido más amplio (satisfacción de
las necesidades básicas, como la justicia, la igualdad, la libertad -
individual y no sólo la de los pueblos -, el acceso a la cultura, el Estado de
derecho). Esos valores y principios básicos, que constituyen un programa de
democracia radical diametralmente opuesto a los del actual liberalismo
dominante, deben convertirse en el programa de lucha del sindicalismo, un
programa que habrá que defender en todos los ámbitos, dándose los medios
necesarios para hacerlo.
Esto es
particularmente importante para el movimiento sindical de los países de Europa
central y oriental y de los países sucesores de la URSS, donde el movimiento
está desorientado ideológicamente y políticamente, en grados diversos. Los
principios tradicionales e históricos del movimiento obrero (también su
vocabulario y sus símbolos) están desacreditados por su asociación con el
estalinismo. Y sectores importantes del movimiento sindical han aceptado la
ideología del capitalismo neoliberal porque el “socialismo”, tal como lo
experimentaron, no es una opción aceptable. Lo comprendemos, pero es muy
peligroso aceptar esa situación.
En
primer lugar, es peligroso para ellos mismos. La ruptura con su historia
anterior al período estalinista, que ha cubierto 40 años en los países del
Este y setenta años en la ex-URSS, representa una perdida de identidad. El
secuestro del movimiento de los mineros rumanos por políticos fascistas es un
ejemplo extremo de confusión, pero está lejos de ser un caso único, y
posiblemente no sea el último. En ausencia de un fuerte sentido de su identidad
y de su legitimidad política, el movimiento sindical corre el riesgo de
extraviarse y de sumirse en la marginalidad.
En
segundo lugar, esa situación es peligrosa para el movimiento sindical del mundo
entero. Millones de trabajadores en los países ex-comunistas, en gran parte ya
sindicalizados, deberían ser integrados urgentemente en el movimiento sindical
mundial por solidaridad (que es siempre una relación recíproca) y por su
proprio reforzamiento. Ahora bien, esto tiene lugar lentamente y con
dificultades, a pesar de los esfuerzos de los SPI y de algunas centrales
nacionales comprometidas.
Un
elemento esencial de ese esfuerzo de integración debe ser político: la
rehabilitación del socialismo democrático. A pesar de todas las dificultades,
este espacio político debe conquistarse otra vez: los principios, la política,
el vocabulario, los símbolos. No existe otra identidad política imaginable, en
la práctica, que permita al movimiento sindical en los países ex-comunistas
defender los intereses de sus miembros, consolidar la democracia en la sociedad
política y construir fuertes alianzas con el movimiento obrero de otras
regiones del mundo.
Observemos también lo que ha ocurrido en los países donde un “nuevo sindicalismo” ha aparecido, con repercusiones espectaculares en la tasa de organización y en las relaciones de fuerza sociales: Corea (KCTU), Brasil (CUT y MST), África del Sur (COSATU). En los tres casos, se trata de organizaciones sindicales que asumieron los problemas del conjunto de la sociedad a la que sus afiliados pertenecen, con fuertes vínculos con otros elementos de la sociedad civil, en particular en las comunidades locales, y con programas políticos de reforma de la sociedad
Una
estrategia de alianzas
Ya no se
trata sólo de revitalizar el movimiento sindical internacional y de crear en él
organizaciones de lucha eficaces en el ámbito internacional, sino que también
debemos unificar y organizar en la acción al movimiento social en el sentido más
amplio, para construir juntos un contrapoder con credibilidad. Me refiero a
organizaciones de la sociedad civil en toda su complejidad: los
movimientos de defensa de los derechos humanos, las organizaciones de
solidaridad, los movimientos de mujeres, de defensa del medio ambiente o de las
minorías o del sector informal, y también los partidos políticos que nos son
próximos, mientras que continúen cercanos a nosotros y nos sigan
acompañando.
Todos
estos movimientos sociales representan intereses convergentes con los del
movimiento sindical, tienen un combate común que llevar a cabo y el desafío de
este combate es compartido con el movimiento sindical: ¿en qué mundo viviremos
mañana, dentro de diez, veinte años? El objetivo del movimiento sindical debe
ser de recomponer el movimiento social en el ámbito mundial, luchando con los
medios que le dan la globalización y la tecnología que la sostiene. Un
movimiento social mundial como éste sería un nuevo movimiento de liberación
de la humanidad, cuyas armas principales son el fax y el ordenador.
El
movimiento sindical es el único que puede jugar ese papel. Conocemos sus
debilidades en el ámbito internacional. Sin embargo, sigue siendo el único
movimiento universal y democráticamente organizado, con una impresionante
capacidad de resistencia. Ningún otro movimiento o institución, a parte de las
iglesias, sobrevivió a dos guerras mundiales y a dos regímenes totalitarios
con una capacidad de destrucción social sin comparación en la historia moderna.
No es un
milagro. El movimiento sindical es el único movimiento que, mediante la
organización, da poder a millones de trabajadores que todos los días llevan a
cabo miles de luchas en el mundo entero, grandes o pequeñas, porque no tienen más
remedio ni otro lugar adonde ir. Las opciones son someterse o resistir, y en
general no se someten o lo hacen durante poco tiempo, porque el combate sindical
es, en primer lugar, un combate por la dignidad humana, un combate donde, en el
fondo, no hay compromiso posible. Es un combate por un bien más precioso que la
vida misma, ya que la gente muere para defenderlo.
El
movimiento sindical no es un “grupo de presión” más, y, a pesar de lo que
algunos pretenden, el sueldo de sus miembros no es su preocupación exclusiva.
No tiene intereses separados de los de la sociedad civil en su conjunto, lo que
no resulta sorprendente, ya que la mayoría de la población mundial son
trabajadores dependientes y, cuando se asumen los intereses de esos trabajadores
y trabajadoras, se están asumiendo las preocupaciones e intereses del conjunto
de la sociedad civil.
En
definitiva, el movimiento sindical está constituido por estructuras y redes que,
pese a sus debilidades y su relajamiento, cubren el mundo entero y son núcleos
potenciales o reales de resistencia. Esto tiene una importancia capital cuando
se trata de construir un movimiento social capaz de actuar de manera eficaz a
escala mundial y, en el marco de la mundialización, lo que exige estructuras y
una organización permanente con capacidad de funcionar de manera coherente a
largo plazo.
Ya hemos
visto la importancia de los derechos humanos y democráticos como tema de
organización y de lucha. Especialmente en un contexto político difícil,
cuando el movimiento sindical debe enfrentarse a la represión, éste debe
apoyarse en una amplia alianza cuyo fundamento político sea la defensa de los
derechos de la persona y los derechos democráticos.
A
título de ejemplo, el combate de la UITA para defender los derechos sindicales
de los trabajadores de Coca-Cola en Guatemala en los años 1980, con
repercusiones considerables tanto en el sindicalismo de Centroamérica como en
las relaciones del movimiento sindical internacional con las ETN, tuvo éxito
gracias a una alianza entre los sindicatos y las organizaciones de defensa de
derechos humanos y las organizaciones de solidaridad. Más cercana en el tiempo,
una alianza parecida acabó obligando a las cerveceras Heineken y Carlsberg, así
como a Pepsico, a marcharse de
Birmania. Existen casos similares en el textil o en la petroquímica.
Seleccionar
las prioridades
La
selección estratégica de prioridades va a hacerse cada vez más importante.
Con medios limitados, no podemos permitirnos disiparnos y perder de vista el
objetivo prioritario, que es cambiar las relaciones de fuerza a nivel global.
Esto significa que debemos privilegiar los proyectos y las acciones que
refuerzan las organizaciones internacionales, que permiten entrelazar las luchas
locales de forma duradera y que constituyen y refuerzan redes permanentes de
apoyo mutuo.
El
movimiento sindical, y el movimiento social en el sentido amplio, disponen de
medios importantes para la ayuda al desarrollo. En parte, son fondos públicos
administrados por los sindicatos, pero también son fondos propios de las
organizaciones. Suman cientos de millones en divisas fuertes, pero desde el
punto de vista estratégico y político se desperdician en gran medida. En
numerosos casos, los efectos perversos de tal ayuda, incluso si se otorga con
las mejores intenciones y con un control contable (lo que no siempre ocurre),
acabaron debilitando las organizaciones y movimientos que la ayuda debía
fortalecer. El dogma de la “ayuda al desarrollo” que se enraíza en una
ideología de la caridad en vez de la solidaridad, convierte en principio que el
dinero solidario debe ser gastado en el “Sur” (y en el “Este”) lo más
localmente posible. Ahora bien, las aldeas de Asterix creados de esa manera (en
el mejor de los casos) no tienen ninguna incidencia en la relación de fuerza
global. Y si hubiera mil veces más de esas aldeas, el resultado sería el mismo.
Mientras tanto, la OMC termina por decidir sobre la suerte de las comunidades
locales más que ellas mismas, los servicios públicos son desmantelados, las
leyes antisindicales se convierten en regla en vez de ser excepción, tanto en
el “Norte” como en el “Sur”, y la redistribución de la riqueza sigue
haciéndose en detrimento de los pobres y en provecho de los ricos.
El
movimiento sindical deberá repensar la política de solidaridad utilizando los
recursos que le quedan, no para dar propinas al "Sur", sino para
identificar los puntos de apoyo estratégicos sobre los que presionar para
modificar la relación de fuerza global y reforzar las instituciones,
especialmente sus organizaciones internacionales y las ONG progresistas del “Norte”,
susceptibles de presionar esas palancas de manera eficaz.
Agosto
de 2000